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miércoles, 28 de marzo de 2012

Primaveras



Nos acostumbramos a todo. Al ruido, a las injusticias y a la muerte. Vemos el telediario mientras comemos, y seguimos comiendo, independientemente de que nos hablen y nos enseñen a la princesa del pueblo, a los rehenes de la guerrilla colombiana,  un vídeo de violencia escolar, o campos de refugiados. Da igual. Sólo así me explico que puedan pasar cosas como las que están pasando ahora mismo en Siria, por ejemplo.

No soy una experta, como comprenderéis, ni en Oriente, ni en Occidente. No sé, aunque lo intuyo, (seguramente porque los humanos no somos tan distintos unos de otros, aunque nos separen muchos kilómetros), qué clase de odio heredado puede llevar a la gente a matarse con esa saña. Sin descanso, sin tregua y sin perdón, por ninguna de las partes. A estas alturas ya, odio, dolor y miedo, en forma de venganza, hábilmente manipulada por los que tiran de los hilos. Y, seguramente, muchos intereses lejanos y ocultos.

No voy a tratar de explicar las claves de conflictos que se vienen sucediendo desde hace tanto, que creo que nos hemos acostumbrado, (como a tantas atrocidades), a vivir con ellos como si fueran lo más natural del mundo, o lo que es peor, como si fueran inevitables, o se los hubieran buscado por su mal comportamiento no occidental. Lo único que quiero decir es que me indigna como se ningunea la vida. Como se quita importancia a que miles de personas, no sepan cómo acabará su día, ni el de sus hijos. Su día a día. Ayer, hoy, mañana cuando se levanten.

En todos los periódicos veo fotos de niños heridos, o muertos. De adultos gritando y corriendo con ellos en brazos, ensangrentados, desmayados o llorando. Los niños de las guerras. Los que luego, si sobreviven, tendrán un motivo para seguir matando. Y muriendo. Perpetuar el horror que vivieron, creyendo que así pagarán los culpables. Convencidos, todavía,  de que las guerras tienen un ganador.

Pero no pagamos. Culpables somos todos los que, sabiéndolo, consentimos que estas cosas sucedan. Los que, en esta era de la información  y la comunicación, no las utilizamos para cambiar las cosas sino para perpetuarlas, pero sí para sabernos, como si fuera la nuestra, la vida privada de los "famosos". Culpables somos los que, como yo ahora, escriben indignados un momento, y al siguiente olvidamos, porque no "podemos" hacer nada, y no sirve de mucho amargarse la vida. Seguramente porque tenemos una vida que poder amargarnos.

A veces, en mis peores pesadillas, me imagino en situaciones así. Cómo se debe sentir una madre con su bebé muerto entre los brazos, en una guerra que, todavía, ni siquiera era la suya. Morir por haber nacido en un sitio o en otro. Sin tiempo para decidir si serás violento o pacífico, tolerante o fanático.

Padres e hijos sin tiempo para jugar, sin tiempo para reír, sin tiempo para enfadarte por las malas notas o porque quiera escabullirse de la ducha. Sin tiempo para enseñarle el nombre de las estrellas en las noches de verano, o cómo se colocan las piezas del puzzle, en las largas tardes del invierno. Sin tiempo material.

He leído esta mañana que se cumple un año de la llegada de la Primavera Árabe a Damasco. Según la ONU, hay más de 7.000 muertos y miles de desaparecidos. Asad sigue aplastando cualquier intento de rebelión. No debe gustarle la primavera.

Y mientras, la oposición intenta su reconocimiento internacional, pero sin poder ponerse de acuerdo en lo mínimo exigible, para ser reconocida como interlocutor por los demás países que estamos asistiendo, impávidos, o casi, a tanta muerte y tanto sufrimiento.

Esta u otra excusa, no se ponen de acuerdo, allá ellos, nos permitirá dentro de un rato, dejar de pensar en eso y dedicarnos a preocuparnos por si lloverá o hará sol, mañana. Y olvidaremos, otra vez, que hay niños que mueren. De hambre, de guerras, de injusticias. Que no habrán de preocuparse del tiempo que hará en Semana Santa, porque lo más seguro es que no tengan un mañana.

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Quién será ésta?



Que digo yo que si alguien sabe cuando se termina este sube y baja hormonal que me tiene frita desde hace casi cinco años. Que si alguien sabe, que me cuente, que estoy empezando a creerme, que soy de verdad esta especie de cosa rara que, lo mismo se pone a llorar a moco tendido con un anuncio de tegustaconducir (¿??? que encima no me gusta), que a reír hasta las lágrimas, en mitad de una frase trascendente de alguien que no entiende qué bicho me ha picado de repente. Normal. Yo tampoco lo entiendo, palabra.

Cuando ya me creo que tengo controlada la situación, que me voy adaptando a los cambios múltiples y variados con los que mi medio exterior me está ayudando tanto, me levanto un día por lo pies de la cama, y lo mismo me puede dar por hacerme relaciones públicas de mi barrio, sonrisa en ristre y corazón abierto y generoso, convencida de que he eliminado a la bestia, que por ser anacoreta y no levantar la mirada del suelo más profundísimo, para no tener que cruzarla con ningún ser viviente que me la pueda devolver, con la conciencia absoluta de que voy a perder esta guerra de guerrillas.

Y no es que yo quiera nada del otro mundo. No es que no tenga ya asumido que soy rara y difícil en el trato conmigo misma y con algunos de mi confianza, no. No es que quiera que me guste envejecer, deteriorarme, ni cosas de esas, no. Lo que quiero es algo de equilibrio. Con saber que mañana se va a levantar de la cama la misma que se acueste hoy, me conformo.  

Prometo no aburrirme con algo de rutina personal. Dos semanas seguidas siendo la misma, y pensando lo mismo de las mismas cosas. No es demasiado pedir, creo yo. Que nadie se puede imaginar el sobresalto que supone encontrarse con una loca desconocida, que, encima, siempre me contradice, en el espejo cada mañana. Tanto es así, que me acuesto, atea y todo, rogando a todos los santos que por la mañana no me haya diluido completamente en vaya usted a saber quién. Y que no se me siga cayendo la cara (lo demás ya lo he dejado por imposible) por los lados. Eso a San Judas, que es el abogado de los imposibles. Total, puestos a pedir…

Si me lo hubieran dicho hace cuatro o cinco años, hubiera tachado de sádico a quien fuera, pero, lo juro, ¡¡echo de menos mis estrógenos!! Y todo esto sin Terapia Hormonal Sustitutiva, que si me llegan a sustituir…

Y ahora me voy a cocinar, que la extraña que llevo dentro se relaja entre pucheros. ¡¡Yo cocinando para que se relaje otra!! Vivir para ver. Socorro.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Más de lo mismo



Leo algo de Jorge Bucay sobre las relaciones de pareja. He de reconocer, que antes de leerlo tenía algún prejuicio ya sobre el autor. Seguramente porque cuando algo se pone de moda, automáticamente me produce una sensación de prevención, y este hombre anda, últimamente, en boca de todo el mundo.

El libro llega a mis manos, de otras a las que no puedo, ni quiero, rechazar. Es un regalo especial, de alguien especial en un momento especial. Lo leo, tratando de dejar mi prejuicio sobre la mesilla de noche.

Mucho antes de la mitad, ya no sé si estamos hablando de resolver problemas de pareja, o de misticismo hindú (un poner...). Odio la grandilocuencia. Cuando la gente empieza a irse por las ramas de las frases hechas (necias), y hermosas pero vacías, a la hora de resolver un conflicto. Me pongo de mal humor.

¿Qué se supone que tengo que entender, cuando teniendo problemas con mi pareja (porque se deja el tubo de pasta de dientes abierto sistemáticamente, o dedica todas sus horas libres al baloncesto, o no recuerda el aniversario de mi tía Juanita, o no nos entendemos en la cama, o tiene una amante...), alguien me dice que tenemos que "crecer" juntos? ¿¿Crecer?? ¿¿A lo largo, a lo ancho?? ¿¿Crecer el pelo, las uñas, las piernas, la paciencia??

Una de las cosas que más me gustan de mi profesión es resolver conflictos. Dar con un nudo y deshacerlo. O, mejor dicho, apuntar cómo podría hacerse si el dueño del nudo está de acuerdo. Pero siempre partiendo de la base de que los dueños de los nudos no son masocas y si tienen el nudo, es porque no saben cómo deshacerse de él. Así es que de poco serviría que yo dijera con una voz acariciante y aterciopelada -"Deshazlo, deshazlo..."- A lo peor me equivoco, claro. Y lo único que necesitaba el interfecto era una orden sin instrucciones. Pero me da que no.

Todos queremos crecer (a lo largo si puede ser), menos Romay seguramente, y no creo que nos sirva de mucho repetir la palabrita veinticinco veces al día, cuando realmente sabes que estás por debajo de la talla mínima... Algo más concreto, aunque también, seguramente, mucho menos poético, como una dieta detallada, poner en remojo los pies por la noche, o las instrucciones precisas para estirarse en el potro, incluso, a mí me parecerían de más utilidad en esos casos.

A lo peor es que no he "crecido" yo bastante. Prosaica soy, por dios...

Hay una nueva hornada de terapeutas (casi todos derivados del psicoanálisis y desembocados en cosas mucho más extrañas todavía, y exceptuando siempre a los buenos profesionales, que los hay en todas las escuelas), que nos quieren hacer crecer a toda costa sin darnos el método. Eso está bien porque si no funciona, siempre puedes decir que el paciente no lo estaba haciendo bien, y así uno no sería el responsable del desaguisado.

Leer hermosas palabras sin más, funciona en un porcentaje mínimo de casos, y siempre que no sean realmente problemáticos, o estemos hablando de personas de mente absolutamente privilegiada. Al común de los mortales con problemas y con cabezas normales, todo eso no les sirve para nada, y encima, acaban teniendo un concepto de los terapeutas que tiene mucho que ver con profesionales de la tomadura de pelo por palabras. Y pagamos justos por pecadores. Para variar.

Por supuesto que hay de todo, como en botica, pero últimamente no dejo de ver por todas partes, charlatanes con barba y chaqueta de cuadros que fuman en pipa, y poco más. Todo con mucha elegancia y mucho karma y escribiendo muchos libros que luego firman en El Corte Inglés. U similar.

A lo peor me estoy poniendo plomo con el tema, pero es que, cada vez aguanto menos a los advenedizos que van de iluminados.

Rebelada me tienen...

domingo, 18 de septiembre de 2011

La moto


Qué ganitas tengo ya de que se acabe la campaña, que se supone que no ha empezado todavía. Porque por más que me lo propongo, por más que cuento hasta 98.675.645.342.475 al final, me termino cabreando siempre.

Vamos a ver, señores del poder y aspirantes: Que, pese a sus esfuerzos por convertirnos a nosotros y a las generaciones futuras en idiotas, todavía podemos pensar solos y sacar conclusiones. Que, se les olvida siempre, el poder es nuestro y no suyo (ni de la tele, vamos), y que deberían agradecernos nuestra paciencia y no tirar más de la cuerda, que estamos ya morados, con tanta tensión, real o convenida.

Que digo yo que si se puede reducir el paro siempre en épocas electorales, (recuerdo la promesa anterior de Zapatero de reducirlo al 7%. No sé si reírme o echarme a llorar), sería bueno explicar por qué no se ha hecho hasta ese momento. Y lo mismo con la subida de las pensiones, o con la creación de empleo estable. Y qué decir de la reforma de la enseñanza, que todo el mundo político coincide en que hay que acometer, pero que cada cual, cuando le toca, la acomete con nocturnidad y alevosía, dejándola para el arrastre de una a otra legislatura. Y así andamos, con un nivel por debajo de la media europea en comprensión de lectura de nuestros estudiantes (y aquí, en Andalucía, la media es inferior, todavía, a la media del resto del país), que digo yo que será por eso que nos van a televisar “El Debate”, porque no entendemos bien lo que se publica escrito.

Y los aspirantes, llegan amenazando con quitar derechos civiles y sociales a colectivos que, aunque les parezca mentira, están compuestos por personas también.  Con la orientación sexual que les dé la gana, oiga, que para eso es suya. Miedo me dan cuando se erigen algunos en sabedores de lo que es “natural” y lo que no lo es. ¿Y si un día, lo natural es la familia de cuatro miembros (dos de ellos, los mayores, por supuesto de distinto sexo) y un perro? Con lo que ensucian los perros el sofá, que lo tengo blanco. Y a ver dónde voy yo, a estas alturas, a por el miembro que me falta.

Hasta estas familias “naturales” se indignan cuando no llegan las ayudas de la famosa Ley de Dependencia, o cuando no pueden pagar la hipoteca, inflada como un globo, por la falsa boyante economía de la legislatura anterior y la presente. O cuando esperan y esperan y esperan y esperan, para acceder a un especialista que les dedica tres minutos para mandarles una prueba que hay que volver a esperar y a esperar y a esperar, antes de esperar de nuevo para que nos la interprete y nos mande algo que nos alivie por lo menos. Eso si no te mueres antes, que casos se han dado para la historia. En esta y en la otra legislatura. Y los que se darán. Podría seguir, pero seguro que seguís solos.

Vale que la democracia es el mejor de los malos sistemas de gobierno, hasta ahí estamos, y yo, el día que toque iré a votar, seguramente en blanco. Porque es mi derecho y mi deber, si luego quiero escribir cosas como estas. Pero de eso a comprarles la moto…

domingo, 7 de agosto de 2011

Volver


Lo veo a lo lejos. Sin problemas hasta para mí que soy miope. El paisaje es tan llano, que sería imposible no verlo. No se me encoge el estómago. No sé si porque ya lo llevo encogido del viaje con conductora primeriza, o porque el influjo maléfico que ha ejercido siempre en mí, ese trozo de La Mancha, ha perdido todo su efecto. En cualquier caso me alegro. ¿¿Mira que si fuera que ya soy mayor??

Paramos el coche y esperamos a que vengan a buscarnos. La gente que pasa no deja de mirarnos, y tengo la impresión de que, de un momento a otro, alguien nos dirá: -"¿Vosotras de quien sois, chicas?!"-

El pueblo no ha cambiado nada en estos nueve años. Casi me da un escalofrío al pensar que alguna vez me planteé vivir aquí. Trato de recordar algo agradable para darme ánimos. En el pasado no encuentro nada, pero si pienso en mañana, mi parte más perversa se sonríe por dentro. O eso quiero creer.

Nuestro guía llega y me mira a distancia prudencial. Calibra y masculla con sorna: -"Cuarenta y cinco en canal... cada día estás más lustrosa..."- Yo, sin ningún miramiento,  le arreo un puntapié en la espinilla, ( lo bueno de estar en el pueblo, si además no es el tuyo, más, es que puedes dejar de ser civilizada sin que nadie se sorprenda). Cuando se acerca por fin a darnos un beso, oigo que me dice bajito: -"Valiente..."- Me río por no llorar y pienso quien me mandará a mí, venir a enterrar fantasmas, (yo, que no creo en los espíritus) a pueblos perdidos de La Mancha. Pero me envalentono, y digo socarrona: -"¿Tenías alguna duda?"- Y sé que no la tiene, porque todas las tengo yo...

A las doce del día siguiente llamo al timbre tres veces, como siempre. Me abren desde arriba sin preguntar y sin asomarse. Llamada familiar, claro. Subimos las dos la escalera como las que van a morir, y ni siquiera pueden saludar.

Cuando nos ve, mi exsuegra no sabe si alegrarse o morirse del susto. No puedo menos que comprenderla, siento lo mismo. La pregunta que se ha instalado a vivir en mi cerebro desde ayer, vuelve a hacerse presente: "¿Qué coño hago yo aquí?", me digo mientras me dejo besar y abrazar por la mujer que ya no puede hacerme nada. Me reconforta pensar que estará haciendo cábalas por mi presencia, y que nada de lo que piensa que voy a hacer, voy a hacerlo. Pero ella no lo sabe. Casi puedo leer su pensamiento y casi me da pena. Y rabia, porque ojalá fuera yo como ella cree que soy. Pero sólo soy como soy. Asustar a un fantasma. Algo es algo.

Me resulta raro sentarme de nuevo en la cocina en el mismo sitio en el que me senté durante 20 años. Tiene los ojos llenos de lágrimas, y aunque sé que por lo menos la mitad, son de cocodrilo, me emociona la otra mitad y sé que, para variar, no miente cuando dice que me echa de menos. Algo tarde, pero me echa de menos. Miro a mi hija, que seguro está pensando lo mismo que yo, y la veo más hermosa que nunca, y más valiente, y con el corazón más grande que conozco, consolando a su abuela, quitando hierro a estos años de ausencia, y de mentiras que las dos sabemos que no acabarán aquí.

A la hora de irnos, alguien me pide perdón. Y soy tan imbécil, que en vez de disfrutarlo a cámara lenta y con el Aleluya de Haendel de fondo, que es lo que el momento merece, me da tanta pena, que susurro enseguida: -"Anda, tonta, no pasa nada"- y doy un abrazo de verdad a mi excuñada, mientras lloramos las dos a moco tendido. Para matarme. Tonta del todo, porque sé que me arrepentiré de no haber traído un notario que diera fe de todo esto, o por lo menos, disfrutar poniéndoselo todo un poco más difícil. Porque recaerán. Seguro. Y yo volveré a dolerme. Y los habré perdonado en vez de matarlos, o fustigarlos con el látigo de mi indiferencia (o en su defecto, con uno de siete colas).

Ya en la calle, mi hija y yo cogidas de la mano, sonreímos sin volver la cabeza, con plena conciencia de que hemos ganado una batalla en una guerra perdida que nunca quisimos librar.

Pero hay momentos, que merecen un viaje a demasiados kilómetros de distancia, aunque sea muchos años después.

domingo, 17 de julio de 2011

Yo también tengo una vida



Empieza la mañana con un par de anulaciones de citas. Nada grave si no fuera porque son ya más de 15 este mes, y mis hijos no son nada ortodoxos con lo del ayuno en ninguna época del año. Ni en cuaresma siquiera. - ¡Bah, son rachas!- me digo para alejar el pensamiento supersticioso de que me haya mirado un gato negro tuerto. Pero aún estoy lejos de saber lo que me espera antes de que acabe el día.

Por primera vez en dos años, tiempo que hace que mi hija tiene un coche que yo pago, he quedado en que venga a buscarme al despacho a las tres, para no acarrear en el autobús una caja de 3 Kg. de fresas, que se comerán ella y su hermano (a mí me dan dolor de estómago, encima…), y que alguien bienintencionado y primaveral, ha decidido regalarme.

Las dos citas que me quedan esta mañana se me complican un poco y sé que me estoy retrasando. Lo sé sin mirar el reloj. Me avisa ese instinto atávico de supervivencia. No quiero cabrear a mi taxista que ya salía cabreada de casa a las ocho.

En mitad de la última sesión, más o menos, me llama: -Mamá, ¿voy a por ti?-  Se me erizan los pelos de la nuca sin querer. Huelo peligro. Trato de darle un tono normal a mi respuesta: -Sí, cariño, ¿en eso quedamos, no?- Mi paciente me mira desde el otro lado de la mesa con cara de quésuertetieneestaniñadetenerunamadretanamable. Desde el móvil me llega un bufido: -Vale. Voy para allá.-

De Teatinos a aquí, media hora larga, calculo antes de volver a concentrarme en lo mío. A los tres minutos escasos vuelve a sonar el teléfono. Contesto amable, pero a punto del llanto: -Dime, cariño-,   -Que voy para allá- .Se me encoge el estómago con la amenaza, y por un segundo no sé si habré soñado la conversación anterior. Digo, vale, tratando de parecer alegre. Como sepa que me asusta será peor, me digo, tratando de retomar de nuevo el hilo de la sesión.

No podría jurarlo, pero habrían pasado seis o siete minutos, cuando suena un toque. ¡¡Oh, dios mío!! Un toque. Yo no entiendo los toques. Por dios. Tengo muchos años. Compasión. ¿Qué demonios significa un toque? ¿Que viene? ¿Que no viene? ¿Qué se acuerda de mí por el camino? ¿Qué se está acordando de mis muertos?

De perdidos al río, me digo. Y la llamo. Mi paciente (nunca mejor dicho), hace algún comentario amable acerca de los hijos. Me veo pagándole yo la consulta a ella.

-¿Qué querías, cariño?-  digo, con un hilo de voz. -¿Qué voy a querer? que voy hacia allá- me espeta ofendida seguramente por tener una madre completamente tonta y anacrónica. -¿Qué va a pasar?, que estoy llegando-

No sé si las miradas matan, pero las voces acojonan. Palabra. Cuelgo con el corazón en un puño, tratando de no pensar en la bronca que me espera. Contrarresto pensando en que no tendré que cargar la caja de 3 Kgrs. y que mi alergia de presión (soy rara hasta para las alergias) me lo agradecerá.

A los 20 minutos de la última llamada, vuelve a sonar el teléfono. Gracias al cielo estoy a punto de terminar con la sesión. – Dime, cariño- contestó por undécima vez en una hora.  -¿Qué te queda?, llevo una hora abajo, esperándote- Me dice una voz que se empieza a parecer peligrosamente a la de la niña del exorcista. Disimulo, pero estoy a punto de dejar a mi paciente en el despacho, y salir corriendo a por agua bendita, o una cruz de Caravaca. O algo así…

Cuando bajo y entro en el coche con mi mejor sonrisa, la caja de fresas y el salario mínimo para poder ir de compras con ella a Mango esta misma tarde, mi niña, esa niña que yo acurrucaba en brazos hace nada, y que sólo se dormía teniendo cerca el olor a “mamá”, gira la cabeza 90 grados y me escupe: ¿¿Se puede saber porqué has tardado tanto?? Yo también tengo una vida, ¿¿sabes??

Por un segundo, y pensando qué se debe sentir cuando una tenga una vida, tengo la tentación de bajar del coche y largarme a las Bahamas, no sin antes haber rociado la calle con tres kilos de fresas y hacerle a mi descendencia un corte de mangas u similar. Pero decido castigarla con el látigo de mi indiferencia y me callo.

Hasta casa, voy imaginando lo hermoso que sería en mi próxima reencarnación, ser una lagartija, o una rata, o un murciélago, da igual. ¡Pero con una vida, oiga!

martes, 24 de mayo de 2011

Sobreviví



Sabe dios cómo, un año más he sobrevivido a la Semana Santa malagueña. Aunque he de confesar que buena parte del mérito ha sido cosa del mal tiempo que yo agradezco, con perdón de los señores cofrades.

Ya sólo me queda la Feria, y en esa ya, no creo que el tiempo sea mi aliado. Es en Agosto.

Para mí, que las aglomeraciones siempre me han puesto de los nervios, son las dos épocas del año en que Málaga se pone insufrible. No se puede dar un paso sin que te lo pisen, o se lo pises tú a otro. Suelo salir perdiendo en esa guerra, calzo un 36.

Te estrujan, te empujan, te impiden el paso, te hacen dar vueltas estúpidas para llegar donde siempre, te clavan en cualquier sitio como a cualquier foráneo, y te dan unos sustos de muerte cuando te encuentras rodeada de filas y filas de señores disfrazados de Klu-Klux-Klan, que te amenazan con ponerte pringando de cera como te descuides lo más mínimo. O La Legión, con sus armas al hombro y su esguince en el cuello, que la gente disfruta como si fueran fuerzas de la ONU y vinieran a liberarnos o algo, tan marciales, tan verdes, con su cabra tan acostumbrada al fervor de multitudes que desfila como Giselle Bundchen.  Y si cantan, el fervor popular sólo es comparable al que despierta Bisbal o Ronaldinho.

Y lo peor, las colas interminables en los lavabos de señoras, que para colmo, cuando ya, por fin, entras a punto del baile de San Vito, están tan asquerosos, que hay que decidir rápido si hacer lo que venías a hacer, o vomitar directamente. Total, un espectáculo a decir de algunos.

No me quejo porque soy consciente de que mi ciudad vive del turismo, y como el slogan es: Al Turismo una sonrisa, pues eso, a sonreír aunque por lo bajinis te estés acordando de su madre cuando te pisan los guiris con sus sandalias enormes, y su cara de gamba congestionada por el sol y por las birras, tan baratas a pesar del clave.

Y digo guiri, por diferenciarlos de los madrileños (mis paisanos por cierto), que en estos días nos invaden pacífica pero irremediablemente, con su acento inconfundible, y esa cara de asombro de que en provincias también estemos de obras. Como si los agujeros en el suelo fueran de su dominio exclusivo.

Y ahora que se han ido todos y yo me las prometía tan felices y buscaba por los cajones el bikini del año pasado, para empezar a ejercer mi verdadera vocación que no es otra que la de lagarto, ahora, llega el invierno.

Si es que…

domingo, 6 de febrero de 2011

De obras otra vez (si es que no escarmiento...)



Me despierto sobresaltada. Las ocho y cuarto. Salto de la cama y corro a la cocina, o a lo que queda de ella, y trato de calentarme un café en el micro, que parece haber desaparecido bajo un teléfono sin conectar, una pila de cuatro ceniceros en equilibrio inestable, un montón de pinzas para la ropa, un paquete de servilletas de papel, dos trapos completamente enyesados, una caja de azulejos, y capas y capas de polvo de yeso.

Estoy a punto de cambiar el café por una tila doble, pero decido que no. Que si salgo de esta, podré dedicarme a la doma del pulpo gigante. Que algo bueno tendrá que tener curtirse en los infortunios...

Quemándome la lengua, voy a mi cuarto,  y con cuidado de no tirarme encima un marco de madera de dos metros que está apoyado, amenazadoramente, contra la pared, abro el armario y saco la ropa para vestirme. Antes de que llegue la invasión de los Bárbaros.
Saco unos pantalones blancos, aparentemente limpios, y los sacudo por si acaso. Una nube de polvo, tóxica seguro,  me hace llorar los ojos, y estornudar una media de 24 veces por segundo. Cuando voy a respirar hondo, contra el estrés, decido que mejor que no...

Calculo y corro a lavarme el pelo antes de que me pillen. A las nueve menos cuarto, en pijama, y con una mascarilla de crema en el pelo, llaman al timbre y voy a abrir resignada a mi destino. Mis tres obreros de todos los días, y uno nuevo. Esto va bien. Va aumentando la familia.

Digo:”Buenos días”, apresuradamente y corro de nuevo al cuarto de baño que tiene cerrojo, menos mal. Estos invasores no entienden el lenguaje básico de las puertas cerradas.

Me meto en la ducha encomendándome a la Virgen Santísima, y cuando voy a enjuagarme se corta el agua. Una vez más, no sé por qué me pasa tanto últimamente, echo de menos no saber arameo para poder jurar. En su defecto, lo hago en mi lengua materna.

Tratando de ser amable, -son cuatro y más grandes que yo-, grito desde la bañera desesperadamente: "Pepeeeee...". Oigo un par de martillazos por toda respuesta. Inasequible al desaliento, insisto: "Pepeeeeeeeee.... por dios!!, el agua, que estoy en la ducha..." Se agolpan los tres de siempre en la puerta, por fuera, menos mal. Será que el nuevo es tímido. "Carmen, ¿está bien?, ¿le ha pasado algo?". Me conmueve su preocupación, pero decido venganza en cualquier caso. Cuento hasta 197 antes de responder que, aparte de que estoy de jabón hasta los ojos, que llego tarde y que no hay agua en mi grifo, que no, que no me ha pasado nada.

Se dan por aludidos y se regañan entre ellos: "Paquilloooo, hombre, que Carmen está en la ducha..." Me siento como si me estuviera duchando en mitad de la Plaza de la Constitución. Y con la Flor de Lys en la espalda.

A los cinco minutos, más o menos, me aporrean la puerta. Abro con el pelo chorreando y cara de mujer-bomba, que es el espejo de mi alma. "Carmen, que tenemos que cortar la luz" Las nueve y diez, llego tarde y voy a estallar. Pepe me mira antes de que yo diga nada y suelta la carcajada. "Es igual, la corto luego", concede, generoso. Cierro la puerta mientras decido si me echo a llorar o los tuesto suavemente con el soplete de soldar cañerías.

De repente oigo un estrépito y salgo. El techo del pasillo no está. Paquillo me mira orgulloso de su hazaña. Decido no hacer preguntas difíciles, y saltando por encima de un montón de cascotes, llego a mi cuarto y oigo como el nuevo le dice a Paquillo:
-"Parece una chiquilla..."
-"¿Quién, Carmen?
Decido que me largo a las Bahamas un par de años hasta que terminen las obras de reconstrucción. Luego me acuerdo del presupuesto de la obra y cojo mi agenda de citas. Me parecen poquísimas. Las Bahamas tendrán que esperar 20 años hasta que acabe de pagar todo esto.

A las nueve y media salgo de mi cuarto armada de valor, y decidida a llegar a la puerta como sea. Lástima no tener casco. Al cruzarme con Francisco, que remueve mezcla en lo que antes era mi cocina, le pregunto por su muela. Amablemente se mete la mano en la boca y me la enseña. Decido dejar de ser amable y considerada. Me promete enseñarme el empaste, mañana, cuando se lo hagan. Un escalofrío me recorre los pelos de la nuca.

Al salir, desde el descansillo, vuelvo a oír:
-"Que tiene pinta de chiquilla"
-"¿Quien, Carmen?
Corro escaleras abajo sin esperar el ascensor.

En la calle, increíblemente, se respira aire sin polvo. Doy gracias a Dios.

domingo, 16 de enero de 2011

En ocasiones veo muertos...



Hace un mes, aproximadamente, empezaron a salirme unos puntitos rojos por el cuerpo, algo mosqueantes. Como sé que soy rara hasta para las alergias, y conozco a los médicos como para haber tenido dos hijos con uno, y ninguna fe en la medicina, decido no hacerme ni caso y pasar del tema.

Pero como sea que cada vez me parecía más a un traje de gitana que empezaba a mosquear al personal, y a instancia de mi hija que amenazó con retirarme la palabra si no iba a vérmelo, decidí pedir cita en un derma de renombre, porque ya que una, va y se decide, qué menos que el susodicho tenga referencias.

La enfermera, encantadora, me llama por mi nombre y me abre la puerta del despacho. El médico, levanta los ojos levemente del ordenador portátil al sonido de mi saludo, y vuelve a ensimismarse en la pantalla. Ni flores. Me siento sin saber muy bien si es que es sordo, o es que hablo muy bajito. Decido no darle importancia, y espero, paciente (nunca mejor dicho).

Calculo que habrán pasado una docena de arcángeles, lo menos, cuando oigo un susurro que me pregunta, por supuesto sin mirarme... Nombre, edad y dirección. A punto estoy de decirle que no quiero que me escriba una carta, pero en vez de eso, contesto educadamente a las tres preguntas. Me empiezo a ver saltando por encima de la mesa y zarandeándolo. Trato de despejar la mente y concentrarme en lo que supongo que me va a preguntar.

Pues no. Silencio. –“No me pican”- le espeto, valiente y algo cabreada, al rato. Silencio. -“No he tenido fiebre y no tomo ninguna medicación”- insisto. Silencio. –“No he cambiado de gel, ni de cremas, y no tengo ropa nueva”- digo, ya a punto de matarlo. No se inmuta. Estoy por pellizcarme por si es un sueño, o un viaje astral, o algo.

Se levanta y oigo: -“Pase aquí” – Obediente y aprovechando que acabo de comprobar que no es un robot, me levanto y lo sigo. Levanta las manos como si yo estuviera atracándolo y deduzco, sin su ayuda, que quiere que haga lo mismo. Lo hago. Me siento como en la guardería. Me mira las manchas a través de la lupa, de lejos. Por un gesto de su índice, creo que quiere que me levante la camiseta, trato de no poner cara de ¿¿¿selehacomidolalenguaelgato???, y me levanto la camiseta. Gira el dedo en redondo, y yo giro. Ahora sé cómo se sienten los caniches en el circo. Solo que yo, encima, ni tengo galleta… (aunque ardo en deseos irrefrenables de darle yo una...)

No puedo más y le digo con toda la sorna de la que soy capaz: -“ No es contagioso, mis hijos son dos lapas, estése tranquilo...” (¡Ja, cómo si estuviese nervioso!).  Yo, ya no estoy segura de si estoy en la consulta de un dermatólogo, o en un monasterio Tchao-Li, delante del maestro.

Vuelve a la mesa, y en un esfuerzo sobrehumano hilvana una frase completa que casi me pierdo de la emoción. – “Cuando tenga los resultados de los análisis, los manda por fax, llama por teléfono, y ya veremos”. Yo estoy tan asombrada todavía por todo lo que me ha dicho del tirón, que no reacciono. Da igual, no hay prisa. A continuación, exhausto, supongo, tarda tres minutos de reloj en doblar en tres partes idénticas, el papelito de la prescripción antes de alargármelo por encima de la mesa. A estas alturas, estoy ya convencida de que padece narcolepsia y que me veré obligada a despertarlo de un alarido, de un momento a otro. En cuánto se le caiga la cabeza sobre la mesa...

Ya en el portal, me aseguro en el espejo de que estoy, de que no soy una presencia ectoplasmática. Se me ve. Palabra. ¡Qué susto!

En ocasiones, veo dermatólogos muertos...

jueves, 6 de enero de 2011

De chivatos y de humos



Si el otro día me hacía un montón de preguntas difíciles y no tenía claras las respuestas, ni las soluciones a los conflictos internos, hoy casi tengo la seguridad de que alguien, con bastante menos escrúpulos que yo, ha decidido que somos tontos y que es mejor pensar por todos nosotros y tomar las riendas de nuestra vida. Para mejorarla, claro, por nuestro bien, que nos decían de niños. Y para muestra, el botón del tabaco. Pero sólo como muestra, hay muchos más.

Ahora va a resultar que el tabaco y sólo el tabaco, es el monstruo de tres cabezas que amenaza los sueños de los niños, el verdadero responsable del hundimiento de la economía mundial, la muerte en forma de humo (pero sólo del cigarrillo, oiga), y la reencarnación del Anticristo que ha venido a este mundo miserable, a poseernos a todos y convertirnos en pequeñas reproducciones de Lucifer,  humeando todavía los azufres del Infierno. Venga ya, hombre, que no me da la gana de comprarles la moto.

A ver si va a resultar que el agujero de la capa de ozono es por culpa de los malditos cigarrillos, y el hambre en el mundo es porque fumar adelgaza, y la escandalosa corrupción moral de algunas clases de individuos es porque el tabaco corrompe los pulmones y el resto del organismo se contagia, o el fanatismo religioso se explica ahora por el mono de la nicotina.

Que no. Que gracias, pero sé pensar sola. Que si no quiero humo, voy a sitios donde no se fume, que los había ya, pero no tengo forma, por ejemplo, de no respirar el humo de los coches, salvo que salga a la calle con mascarilla y botella de oxígeno a la espalda.

Que nadie me obliga a comprar tabaco si no quiero, ni a fumármelo, que en las cajetillas hace tiempo que nos avisan a lo bestia de que fumar mata, así es que, como sé leer, si quiero matarme, lo hago con conocimiento de causa. Curiosamente nunca he leído eso en la carne de ternera o de pollo, hormonada, o lo que sea que esté. Que está, y si no que me expliquen porqué se me llena la sartén de agua al cocinarla. Ni en los transgénicos, de los que nuestro país es uno de los mayores cultivadores. Ni en las casas que tienen cerca una antena de alta tensión o una de telefonía móvil de las que todavía no se conocen (o no se han dado a conocer) sus efectos. Qué cosas, oye.

Que mi vida es mía, por lo menos a priori, y que es mi privilegio vivirla como me de la gana, siempre que no perjudique al resto, y ya me dirán ustedes qué sistema de ventilación tan espectacularmente malo han de tener nuestros hospitales, si porque yo esté fumando en la puerta, les llega mi humo (el mío, el de los coches no) a los pobres enfermos ingresados y obligados por mi mala cabeza, a tragar las porquerías, que esa es otra, que se desprenden de mi cigarrillo. Otro poner.

Y para que me dé ya el pipiherbe completo, tengo que tragarme que el alcohol, bebido moderadamente es muy sano. Que sí, que no te enteras. Que un vasito de vino al día, alarga la vida. Y que ellos (y ellas) fabrican bebidas espirituosas, contando con tu sentido común y tu buena cabeza nopensante. Así es que, por esa regla de tres, los únicos que no son capaces de controlarse adecuadamente son los fumadores, que andan de un lado para otro poniendo al personal perdido de humo y sin ningún autocontrol.

Y que nadie me venga con los “pasivos”, que a ver si no soy yo “pasiva” de los botellones, los destrozos en la vía pública y los graciosos con el “puntillo”. Eso por no nombrar al gobierno (gobierna) que nos ha tocado. A ver si no soy yo “pasiva” suya. Y no delato a nadie. Y menos sin decir quien soy.

Podría seguir, pero me parece todo tan evidente, que me canso sólo de pensarlo. No sé qué clase de mundo estamos construyendo, pero lo que sí sé, es que cuanto menos pensemos, más fáciles seremos de gobernar. En el más amplio sentido de la palabra.

Hace años que el invento de las cortinas de humo ( del tabaco, naturalmente) encandilo a según quienes, y abrió una senda más peligrosa que la de los elefantes. Iba a decir que no quiero ni pensarlo, pero eso es precisamente lo que ellos (y ellas, por dios), quieren, así es que, con su permiso, o sin él, me lo voy a pensar.
A menos que los chivatos me denuncien por hacerlo. Anónimamente, por supuesto.

¿Que no? Esperad a ver como, dentro de nada, será denunciable por los nopensadores, pasivamente agredidos por el "pensamientonoatontadordelaconciencia" ajeno. Y si no, al tiempo.

¿A nadie le suena haber leído esto en alguna novela premonitoria del mundo feliz que nos espera? Lagarto, lagarto...

sábado, 4 de septiembre de 2010

Lo sé



Sí, ya sé que soy la madre. Y que cuando un hijo tiene una pataleta (tenga la edad que tenga), no lo puedo arreglar con una pataleta más grande, aunque sólo sea para demostrar que una también sabe taconear sobre los cataplines ajenos...

Sí, ya sé que soy la fuerte. Y que cuando empieza el cataclismo general, se me supone una incapacidad genética para caerme. Pero estoy harta de ser la viga que soporta el puente que todos cruzan a la voz de: "Sálvese quien pueda, que ésta es Mapfre..."

Sí, ya sé que es un detalle que algunos se acuerden de mí cada quinientos años. Pero no sé si está bien que eso incluya volverme invisible y muda, los cuatrocientos noventa y nueve restantes...

Sí, ya sé que hacerme mayor es estupendo. Que hay que estar orgullosa de haber aprendido a tolerarse, a quererse, y a mirar hacia atrás sin ira, con sonrisa fen-sui de oeste a este (¿o era al revés?). Pero a ratos, preferiría menos filosofía oriental, y menos arrugas, menos sofocos inoportunos, y menos sensación de que voy a dar en el suelo, de un momento a otro, con las bolsas que cuelgan de mis ojos cada vez más churritosos.

Sí, ya sé que el dinero no da la felicidad, aunque compre cosas que se le parezcan. Pero a estas alturas, me gustaría que, además de yo, lo hubieran comprendido también mi banco, la matrícula de mis hijos, Zara, Hacienda y Tráfico, que me tiene un poco “jarta”, la verdad, y que, encima, ni conduce por mí siquiera.

Sí, ya sé que quejarse no sirve de nada, y que un sabio iba cogiendo las hojas que otro arrojó (o parecido), pero hay días, en que siento tan al final de la cola, que no me consuela para nada, saber todo lo que sé aunque eso me convierta en sabia.

Estoy por irme a vivir, un par de años, debajo de mi cama.