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miércoles, 28 de marzo de 2012

Primaveras



Nos acostumbramos a todo. Al ruido, a las injusticias y a la muerte. Vemos el telediario mientras comemos, y seguimos comiendo, independientemente de que nos hablen y nos enseñen a la princesa del pueblo, a los rehenes de la guerrilla colombiana,  un vídeo de violencia escolar, o campos de refugiados. Da igual. Sólo así me explico que puedan pasar cosas como las que están pasando ahora mismo en Siria, por ejemplo.

No soy una experta, como comprenderéis, ni en Oriente, ni en Occidente. No sé, aunque lo intuyo, (seguramente porque los humanos no somos tan distintos unos de otros, aunque nos separen muchos kilómetros), qué clase de odio heredado puede llevar a la gente a matarse con esa saña. Sin descanso, sin tregua y sin perdón, por ninguna de las partes. A estas alturas ya, odio, dolor y miedo, en forma de venganza, hábilmente manipulada por los que tiran de los hilos. Y, seguramente, muchos intereses lejanos y ocultos.

No voy a tratar de explicar las claves de conflictos que se vienen sucediendo desde hace tanto, que creo que nos hemos acostumbrado, (como a tantas atrocidades), a vivir con ellos como si fueran lo más natural del mundo, o lo que es peor, como si fueran inevitables, o se los hubieran buscado por su mal comportamiento no occidental. Lo único que quiero decir es que me indigna como se ningunea la vida. Como se quita importancia a que miles de personas, no sepan cómo acabará su día, ni el de sus hijos. Su día a día. Ayer, hoy, mañana cuando se levanten.

En todos los periódicos veo fotos de niños heridos, o muertos. De adultos gritando y corriendo con ellos en brazos, ensangrentados, desmayados o llorando. Los niños de las guerras. Los que luego, si sobreviven, tendrán un motivo para seguir matando. Y muriendo. Perpetuar el horror que vivieron, creyendo que así pagarán los culpables. Convencidos, todavía,  de que las guerras tienen un ganador.

Pero no pagamos. Culpables somos todos los que, sabiéndolo, consentimos que estas cosas sucedan. Los que, en esta era de la información  y la comunicación, no las utilizamos para cambiar las cosas sino para perpetuarlas, pero sí para sabernos, como si fuera la nuestra, la vida privada de los "famosos". Culpables somos los que, como yo ahora, escriben indignados un momento, y al siguiente olvidamos, porque no "podemos" hacer nada, y no sirve de mucho amargarse la vida. Seguramente porque tenemos una vida que poder amargarnos.

A veces, en mis peores pesadillas, me imagino en situaciones así. Cómo se debe sentir una madre con su bebé muerto entre los brazos, en una guerra que, todavía, ni siquiera era la suya. Morir por haber nacido en un sitio o en otro. Sin tiempo para decidir si serás violento o pacífico, tolerante o fanático.

Padres e hijos sin tiempo para jugar, sin tiempo para reír, sin tiempo para enfadarte por las malas notas o porque quiera escabullirse de la ducha. Sin tiempo para enseñarle el nombre de las estrellas en las noches de verano, o cómo se colocan las piezas del puzzle, en las largas tardes del invierno. Sin tiempo material.

He leído esta mañana que se cumple un año de la llegada de la Primavera Árabe a Damasco. Según la ONU, hay más de 7.000 muertos y miles de desaparecidos. Asad sigue aplastando cualquier intento de rebelión. No debe gustarle la primavera.

Y mientras, la oposición intenta su reconocimiento internacional, pero sin poder ponerse de acuerdo en lo mínimo exigible, para ser reconocida como interlocutor por los demás países que estamos asistiendo, impávidos, o casi, a tanta muerte y tanto sufrimiento.

Esta u otra excusa, no se ponen de acuerdo, allá ellos, nos permitirá dentro de un rato, dejar de pensar en eso y dedicarnos a preocuparnos por si lloverá o hará sol, mañana. Y olvidaremos, otra vez, que hay niños que mueren. De hambre, de guerras, de injusticias. Que no habrán de preocuparse del tiempo que hará en Semana Santa, porque lo más seguro es que no tengan un mañana.

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Quién será ésta?



Que digo yo que si alguien sabe cuando se termina este sube y baja hormonal que me tiene frita desde hace casi cinco años. Que si alguien sabe, que me cuente, que estoy empezando a creerme, que soy de verdad esta especie de cosa rara que, lo mismo se pone a llorar a moco tendido con un anuncio de tegustaconducir (¿??? que encima no me gusta), que a reír hasta las lágrimas, en mitad de una frase trascendente de alguien que no entiende qué bicho me ha picado de repente. Normal. Yo tampoco lo entiendo, palabra.

Cuando ya me creo que tengo controlada la situación, que me voy adaptando a los cambios múltiples y variados con los que mi medio exterior me está ayudando tanto, me levanto un día por lo pies de la cama, y lo mismo me puede dar por hacerme relaciones públicas de mi barrio, sonrisa en ristre y corazón abierto y generoso, convencida de que he eliminado a la bestia, que por ser anacoreta y no levantar la mirada del suelo más profundísimo, para no tener que cruzarla con ningún ser viviente que me la pueda devolver, con la conciencia absoluta de que voy a perder esta guerra de guerrillas.

Y no es que yo quiera nada del otro mundo. No es que no tenga ya asumido que soy rara y difícil en el trato conmigo misma y con algunos de mi confianza, no. No es que quiera que me guste envejecer, deteriorarme, ni cosas de esas, no. Lo que quiero es algo de equilibrio. Con saber que mañana se va a levantar de la cama la misma que se acueste hoy, me conformo.  

Prometo no aburrirme con algo de rutina personal. Dos semanas seguidas siendo la misma, y pensando lo mismo de las mismas cosas. No es demasiado pedir, creo yo. Que nadie se puede imaginar el sobresalto que supone encontrarse con una loca desconocida, que, encima, siempre me contradice, en el espejo cada mañana. Tanto es así, que me acuesto, atea y todo, rogando a todos los santos que por la mañana no me haya diluido completamente en vaya usted a saber quién. Y que no se me siga cayendo la cara (lo demás ya lo he dejado por imposible) por los lados. Eso a San Judas, que es el abogado de los imposibles. Total, puestos a pedir…

Si me lo hubieran dicho hace cuatro o cinco años, hubiera tachado de sádico a quien fuera, pero, lo juro, ¡¡echo de menos mis estrógenos!! Y todo esto sin Terapia Hormonal Sustitutiva, que si me llegan a sustituir…

Y ahora me voy a cocinar, que la extraña que llevo dentro se relaja entre pucheros. ¡¡Yo cocinando para que se relaje otra!! Vivir para ver. Socorro.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Más de lo mismo



Leo algo de Jorge Bucay sobre las relaciones de pareja. He de reconocer, que antes de leerlo tenía algún prejuicio ya sobre el autor. Seguramente porque cuando algo se pone de moda, automáticamente me produce una sensación de prevención, y este hombre anda, últimamente, en boca de todo el mundo.

El libro llega a mis manos, de otras a las que no puedo, ni quiero, rechazar. Es un regalo especial, de alguien especial en un momento especial. Lo leo, tratando de dejar mi prejuicio sobre la mesilla de noche.

Mucho antes de la mitad, ya no sé si estamos hablando de resolver problemas de pareja, o de misticismo hindú (un poner...). Odio la grandilocuencia. Cuando la gente empieza a irse por las ramas de las frases hechas (necias), y hermosas pero vacías, a la hora de resolver un conflicto. Me pongo de mal humor.

¿Qué se supone que tengo que entender, cuando teniendo problemas con mi pareja (porque se deja el tubo de pasta de dientes abierto sistemáticamente, o dedica todas sus horas libres al baloncesto, o no recuerda el aniversario de mi tía Juanita, o no nos entendemos en la cama, o tiene una amante...), alguien me dice que tenemos que "crecer" juntos? ¿¿Crecer?? ¿¿A lo largo, a lo ancho?? ¿¿Crecer el pelo, las uñas, las piernas, la paciencia??

Una de las cosas que más me gustan de mi profesión es resolver conflictos. Dar con un nudo y deshacerlo. O, mejor dicho, apuntar cómo podría hacerse si el dueño del nudo está de acuerdo. Pero siempre partiendo de la base de que los dueños de los nudos no son masocas y si tienen el nudo, es porque no saben cómo deshacerse de él. Así es que de poco serviría que yo dijera con una voz acariciante y aterciopelada -"Deshazlo, deshazlo..."- A lo peor me equivoco, claro. Y lo único que necesitaba el interfecto era una orden sin instrucciones. Pero me da que no.

Todos queremos crecer (a lo largo si puede ser), menos Romay seguramente, y no creo que nos sirva de mucho repetir la palabrita veinticinco veces al día, cuando realmente sabes que estás por debajo de la talla mínima... Algo más concreto, aunque también, seguramente, mucho menos poético, como una dieta detallada, poner en remojo los pies por la noche, o las instrucciones precisas para estirarse en el potro, incluso, a mí me parecerían de más utilidad en esos casos.

A lo peor es que no he "crecido" yo bastante. Prosaica soy, por dios...

Hay una nueva hornada de terapeutas (casi todos derivados del psicoanálisis y desembocados en cosas mucho más extrañas todavía, y exceptuando siempre a los buenos profesionales, que los hay en todas las escuelas), que nos quieren hacer crecer a toda costa sin darnos el método. Eso está bien porque si no funciona, siempre puedes decir que el paciente no lo estaba haciendo bien, y así uno no sería el responsable del desaguisado.

Leer hermosas palabras sin más, funciona en un porcentaje mínimo de casos, y siempre que no sean realmente problemáticos, o estemos hablando de personas de mente absolutamente privilegiada. Al común de los mortales con problemas y con cabezas normales, todo eso no les sirve para nada, y encima, acaban teniendo un concepto de los terapeutas que tiene mucho que ver con profesionales de la tomadura de pelo por palabras. Y pagamos justos por pecadores. Para variar.

Por supuesto que hay de todo, como en botica, pero últimamente no dejo de ver por todas partes, charlatanes con barba y chaqueta de cuadros que fuman en pipa, y poco más. Todo con mucha elegancia y mucho karma y escribiendo muchos libros que luego firman en El Corte Inglés. U similar.

A lo peor me estoy poniendo plomo con el tema, pero es que, cada vez aguanto menos a los advenedizos que van de iluminados.

Rebelada me tienen...

domingo, 18 de septiembre de 2011

La moto


Qué ganitas tengo ya de que se acabe la campaña, que se supone que no ha empezado todavía. Porque por más que me lo propongo, por más que cuento hasta 98.675.645.342.475 al final, me termino cabreando siempre.

Vamos a ver, señores del poder y aspirantes: Que, pese a sus esfuerzos por convertirnos a nosotros y a las generaciones futuras en idiotas, todavía podemos pensar solos y sacar conclusiones. Que, se les olvida siempre, el poder es nuestro y no suyo (ni de la tele, vamos), y que deberían agradecernos nuestra paciencia y no tirar más de la cuerda, que estamos ya morados, con tanta tensión, real o convenida.

Que digo yo que si se puede reducir el paro siempre en épocas electorales, (recuerdo la promesa anterior de Zapatero de reducirlo al 7%. No sé si reírme o echarme a llorar), sería bueno explicar por qué no se ha hecho hasta ese momento. Y lo mismo con la subida de las pensiones, o con la creación de empleo estable. Y qué decir de la reforma de la enseñanza, que todo el mundo político coincide en que hay que acometer, pero que cada cual, cuando le toca, la acomete con nocturnidad y alevosía, dejándola para el arrastre de una a otra legislatura. Y así andamos, con un nivel por debajo de la media europea en comprensión de lectura de nuestros estudiantes (y aquí, en Andalucía, la media es inferior, todavía, a la media del resto del país), que digo yo que será por eso que nos van a televisar “El Debate”, porque no entendemos bien lo que se publica escrito.

Y los aspirantes, llegan amenazando con quitar derechos civiles y sociales a colectivos que, aunque les parezca mentira, están compuestos por personas también.  Con la orientación sexual que les dé la gana, oiga, que para eso es suya. Miedo me dan cuando se erigen algunos en sabedores de lo que es “natural” y lo que no lo es. ¿Y si un día, lo natural es la familia de cuatro miembros (dos de ellos, los mayores, por supuesto de distinto sexo) y un perro? Con lo que ensucian los perros el sofá, que lo tengo blanco. Y a ver dónde voy yo, a estas alturas, a por el miembro que me falta.

Hasta estas familias “naturales” se indignan cuando no llegan las ayudas de la famosa Ley de Dependencia, o cuando no pueden pagar la hipoteca, inflada como un globo, por la falsa boyante economía de la legislatura anterior y la presente. O cuando esperan y esperan y esperan y esperan, para acceder a un especialista que les dedica tres minutos para mandarles una prueba que hay que volver a esperar y a esperar y a esperar, antes de esperar de nuevo para que nos la interprete y nos mande algo que nos alivie por lo menos. Eso si no te mueres antes, que casos se han dado para la historia. En esta y en la otra legislatura. Y los que se darán. Podría seguir, pero seguro que seguís solos.

Vale que la democracia es el mejor de los malos sistemas de gobierno, hasta ahí estamos, y yo, el día que toque iré a votar, seguramente en blanco. Porque es mi derecho y mi deber, si luego quiero escribir cosas como estas. Pero de eso a comprarles la moto…

domingo, 17 de julio de 2011

Yo también tengo una vida



Empieza la mañana con un par de anulaciones de citas. Nada grave si no fuera porque son ya más de 15 este mes, y mis hijos no son nada ortodoxos con lo del ayuno en ninguna época del año. Ni en cuaresma siquiera. - ¡Bah, son rachas!- me digo para alejar el pensamiento supersticioso de que me haya mirado un gato negro tuerto. Pero aún estoy lejos de saber lo que me espera antes de que acabe el día.

Por primera vez en dos años, tiempo que hace que mi hija tiene un coche que yo pago, he quedado en que venga a buscarme al despacho a las tres, para no acarrear en el autobús una caja de 3 Kg. de fresas, que se comerán ella y su hermano (a mí me dan dolor de estómago, encima…), y que alguien bienintencionado y primaveral, ha decidido regalarme.

Las dos citas que me quedan esta mañana se me complican un poco y sé que me estoy retrasando. Lo sé sin mirar el reloj. Me avisa ese instinto atávico de supervivencia. No quiero cabrear a mi taxista que ya salía cabreada de casa a las ocho.

En mitad de la última sesión, más o menos, me llama: -Mamá, ¿voy a por ti?-  Se me erizan los pelos de la nuca sin querer. Huelo peligro. Trato de darle un tono normal a mi respuesta: -Sí, cariño, ¿en eso quedamos, no?- Mi paciente me mira desde el otro lado de la mesa con cara de quésuertetieneestaniñadetenerunamadretanamable. Desde el móvil me llega un bufido: -Vale. Voy para allá.-

De Teatinos a aquí, media hora larga, calculo antes de volver a concentrarme en lo mío. A los tres minutos escasos vuelve a sonar el teléfono. Contesto amable, pero a punto del llanto: -Dime, cariño-,   -Que voy para allá- .Se me encoge el estómago con la amenaza, y por un segundo no sé si habré soñado la conversación anterior. Digo, vale, tratando de parecer alegre. Como sepa que me asusta será peor, me digo, tratando de retomar de nuevo el hilo de la sesión.

No podría jurarlo, pero habrían pasado seis o siete minutos, cuando suena un toque. ¡¡Oh, dios mío!! Un toque. Yo no entiendo los toques. Por dios. Tengo muchos años. Compasión. ¿Qué demonios significa un toque? ¿Que viene? ¿Que no viene? ¿Qué se acuerda de mí por el camino? ¿Qué se está acordando de mis muertos?

De perdidos al río, me digo. Y la llamo. Mi paciente (nunca mejor dicho), hace algún comentario amable acerca de los hijos. Me veo pagándole yo la consulta a ella.

-¿Qué querías, cariño?-  digo, con un hilo de voz. -¿Qué voy a querer? que voy hacia allá- me espeta ofendida seguramente por tener una madre completamente tonta y anacrónica. -¿Qué va a pasar?, que estoy llegando-

No sé si las miradas matan, pero las voces acojonan. Palabra. Cuelgo con el corazón en un puño, tratando de no pensar en la bronca que me espera. Contrarresto pensando en que no tendré que cargar la caja de 3 Kgrs. y que mi alergia de presión (soy rara hasta para las alergias) me lo agradecerá.

A los 20 minutos de la última llamada, vuelve a sonar el teléfono. Gracias al cielo estoy a punto de terminar con la sesión. – Dime, cariño- contestó por undécima vez en una hora.  -¿Qué te queda?, llevo una hora abajo, esperándote- Me dice una voz que se empieza a parecer peligrosamente a la de la niña del exorcista. Disimulo, pero estoy a punto de dejar a mi paciente en el despacho, y salir corriendo a por agua bendita, o una cruz de Caravaca. O algo así…

Cuando bajo y entro en el coche con mi mejor sonrisa, la caja de fresas y el salario mínimo para poder ir de compras con ella a Mango esta misma tarde, mi niña, esa niña que yo acurrucaba en brazos hace nada, y que sólo se dormía teniendo cerca el olor a “mamá”, gira la cabeza 90 grados y me escupe: ¿¿Se puede saber porqué has tardado tanto?? Yo también tengo una vida, ¿¿sabes??

Por un segundo, y pensando qué se debe sentir cuando una tenga una vida, tengo la tentación de bajar del coche y largarme a las Bahamas, no sin antes haber rociado la calle con tres kilos de fresas y hacerle a mi descendencia un corte de mangas u similar. Pero decido castigarla con el látigo de mi indiferencia y me callo.

Hasta casa, voy imaginando lo hermoso que sería en mi próxima reencarnación, ser una lagartija, o una rata, o un murciélago, da igual. ¡Pero con una vida, oiga!

lunes, 6 de junio de 2011

Lo invisible



Me contaban el otro día un sueño imposible. Uno de esos amores que perviven en el tiempo, durante más de 30 años, a través de la distancia y el silencio.

Un sentimiento preservado por la falta de lo cotidiano, por la falta del desgaste que conlleva compartir cada día con alguien, pero un hermosísimo sentimiento al fín. ¿Quien podría decir que no lo es, oyéndole hablar con los ojos brillantes perdidos en el recuerdo de lo que nunca fue?

El amor en estado puro, que se mantiene inalterable al paso del tiempo, porque el tiempo no lo toca. Que se alimenta y crece en el interior de un solo corazón. Que se conforma con soñar lo que no tiene y sabe que jamás tendrá, por un sentido olvidado del honor y de la hombría. Porque hay otros que sufrirían si se supiera. Otros que también son importantes.

Por eso es un amor que no comparte. Completamente a solas, ama disimuladamente y en silencio, sin esperar nada del tiempo. Sabiendo que acabará llevándose, intacto, el sentimiento más hermoso que ha tenido en su vida. Nadie, observándolo, hubiera podido adivinar la belleza y la ternura de lo que se esconde en el interior, al abrigo de todas las miradas. Secreto y mágico.

Y seguramente ella, menos que nadie. O quizá no. Quizá lo sepa sin saberlo. Como se saben las cosas importantes. Las cosas que no nos atrevemos a explicarle a nadie. Ni a nosotros mismos. Por miedo a que desaparezcan al nombrarlas. Por miedo a que no desaparezcan si se nombran.

Nada me gusta más que aquello que me obliga a descubrir, en lo profundo, cosas que no se ven. Y nada más profundo, más complicado y más oculto, que un corazón humano.

Cada día me gusta más mi trabajo.

"Lo esencial, es invisible a los ojos"

Antoine de Saint- Exupery (El Principito)

domingo, 6 de febrero de 2011

De obras otra vez (si es que no escarmiento...)



Me despierto sobresaltada. Las ocho y cuarto. Salto de la cama y corro a la cocina, o a lo que queda de ella, y trato de calentarme un café en el micro, que parece haber desaparecido bajo un teléfono sin conectar, una pila de cuatro ceniceros en equilibrio inestable, un montón de pinzas para la ropa, un paquete de servilletas de papel, dos trapos completamente enyesados, una caja de azulejos, y capas y capas de polvo de yeso.

Estoy a punto de cambiar el café por una tila doble, pero decido que no. Que si salgo de esta, podré dedicarme a la doma del pulpo gigante. Que algo bueno tendrá que tener curtirse en los infortunios...

Quemándome la lengua, voy a mi cuarto,  y con cuidado de no tirarme encima un marco de madera de dos metros que está apoyado, amenazadoramente, contra la pared, abro el armario y saco la ropa para vestirme. Antes de que llegue la invasión de los Bárbaros.
Saco unos pantalones blancos, aparentemente limpios, y los sacudo por si acaso. Una nube de polvo, tóxica seguro,  me hace llorar los ojos, y estornudar una media de 24 veces por segundo. Cuando voy a respirar hondo, contra el estrés, decido que mejor que no...

Calculo y corro a lavarme el pelo antes de que me pillen. A las nueve menos cuarto, en pijama, y con una mascarilla de crema en el pelo, llaman al timbre y voy a abrir resignada a mi destino. Mis tres obreros de todos los días, y uno nuevo. Esto va bien. Va aumentando la familia.

Digo:”Buenos días”, apresuradamente y corro de nuevo al cuarto de baño que tiene cerrojo, menos mal. Estos invasores no entienden el lenguaje básico de las puertas cerradas.

Me meto en la ducha encomendándome a la Virgen Santísima, y cuando voy a enjuagarme se corta el agua. Una vez más, no sé por qué me pasa tanto últimamente, echo de menos no saber arameo para poder jurar. En su defecto, lo hago en mi lengua materna.

Tratando de ser amable, -son cuatro y más grandes que yo-, grito desde la bañera desesperadamente: "Pepeeeee...". Oigo un par de martillazos por toda respuesta. Inasequible al desaliento, insisto: "Pepeeeeeeeee.... por dios!!, el agua, que estoy en la ducha..." Se agolpan los tres de siempre en la puerta, por fuera, menos mal. Será que el nuevo es tímido. "Carmen, ¿está bien?, ¿le ha pasado algo?". Me conmueve su preocupación, pero decido venganza en cualquier caso. Cuento hasta 197 antes de responder que, aparte de que estoy de jabón hasta los ojos, que llego tarde y que no hay agua en mi grifo, que no, que no me ha pasado nada.

Se dan por aludidos y se regañan entre ellos: "Paquilloooo, hombre, que Carmen está en la ducha..." Me siento como si me estuviera duchando en mitad de la Plaza de la Constitución. Y con la Flor de Lys en la espalda.

A los cinco minutos, más o menos, me aporrean la puerta. Abro con el pelo chorreando y cara de mujer-bomba, que es el espejo de mi alma. "Carmen, que tenemos que cortar la luz" Las nueve y diez, llego tarde y voy a estallar. Pepe me mira antes de que yo diga nada y suelta la carcajada. "Es igual, la corto luego", concede, generoso. Cierro la puerta mientras decido si me echo a llorar o los tuesto suavemente con el soplete de soldar cañerías.

De repente oigo un estrépito y salgo. El techo del pasillo no está. Paquillo me mira orgulloso de su hazaña. Decido no hacer preguntas difíciles, y saltando por encima de un montón de cascotes, llego a mi cuarto y oigo como el nuevo le dice a Paquillo:
-"Parece una chiquilla..."
-"¿Quién, Carmen?
Decido que me largo a las Bahamas un par de años hasta que terminen las obras de reconstrucción. Luego me acuerdo del presupuesto de la obra y cojo mi agenda de citas. Me parecen poquísimas. Las Bahamas tendrán que esperar 20 años hasta que acabe de pagar todo esto.

A las nueve y media salgo de mi cuarto armada de valor, y decidida a llegar a la puerta como sea. Lástima no tener casco. Al cruzarme con Francisco, que remueve mezcla en lo que antes era mi cocina, le pregunto por su muela. Amablemente se mete la mano en la boca y me la enseña. Decido dejar de ser amable y considerada. Me promete enseñarme el empaste, mañana, cuando se lo hagan. Un escalofrío me recorre los pelos de la nuca.

Al salir, desde el descansillo, vuelvo a oír:
-"Que tiene pinta de chiquilla"
-"¿Quien, Carmen?
Corro escaleras abajo sin esperar el ascensor.

En la calle, increíblemente, se respira aire sin polvo. Doy gracias a Dios.

domingo, 23 de enero de 2011

La Finca



Olía a la finca. Bajando por el carril de tierra, entre higueras y olivos, antes de verse la casa de Librado y la nuestra al fondo, yo podía ya oler La Finca, y oía a Morito ladrar. Ramona decía que días antes ya estaba inquieto, que corría hasta la carretera al menor descuido, y que había que acabar atándolo para que no llegara a buscarnos a Madrid.

Cuando el coche frenaba para bajar el carril, yo tenía la misma sensación en el estómago que tengo ahora cuando llego al destino de cualquier viaje: miedo, excitación, cansancio y sobre todo el deseo de seguir, de que nada cambie, de no parar... Muchas cosas indescriptibles con palabras.

Sólo un bañador de chico y un penacho de plumas indias en la cabeza, esa era yo todo el verano. Impresionada por la navaja de Librado, que cortaba los tomates, enormes, por la mitad, de un sólo tajo. Y yo me los comía, con sal, orgullosa de no necesitar más que mis dientes. Feliz de poder achuchar a Morito y oler a perro, y coger peras, y cortar alfalfa para las conejeras con una hoz pequeñita que me dejaba Ramona, desobedeciendo a mi madre. Tranquila porque no había horarios, ni deberes, ni rezos, ni ropa, ni lenguados para cenar.

El amarillo de las manzanas y de los membrillos, el verde plata de los olivos, el rojo carmesí de la Rosaleda y el zumbar de las avispas entre las parras de la lonja, es lo que más recuerdo. Y el olor a limo del río. Después de todo lo que pasó, no he podido superar ese olor con el tiempo, y me sigue dando ganas de vomitar.

Volví hace unos años, 25 después de la muerte de mi hermano Javier. Nadie había vuelto desde entonces. No quedaba nada. Un montículo sobrecogedor de escombros, sobre lo que fueron muchos veranos de mi niñez y buena parte de las raíces de mi familia.

Ni un manzano, ni una higuera, nada. Un viento repentino me trajo unas risas del río. Cerré los ojos y la vi. Una niña salvaje, casi desnuda y con un penacho de india en la cabeza, me decía adiós con la mano. Hubiera querido llevármela y protegerla del futuro, pero no pude.

Se me fue perdiendo, despacio, en la línea brillante del horizonte. Lloré mucho rato sobre los escombros, que no olían a nada.

domingo, 16 de enero de 2011

En ocasiones veo muertos...



Hace un mes, aproximadamente, empezaron a salirme unos puntitos rojos por el cuerpo, algo mosqueantes. Como sé que soy rara hasta para las alergias, y conozco a los médicos como para haber tenido dos hijos con uno, y ninguna fe en la medicina, decido no hacerme ni caso y pasar del tema.

Pero como sea que cada vez me parecía más a un traje de gitana que empezaba a mosquear al personal, y a instancia de mi hija que amenazó con retirarme la palabra si no iba a vérmelo, decidí pedir cita en un derma de renombre, porque ya que una, va y se decide, qué menos que el susodicho tenga referencias.

La enfermera, encantadora, me llama por mi nombre y me abre la puerta del despacho. El médico, levanta los ojos levemente del ordenador portátil al sonido de mi saludo, y vuelve a ensimismarse en la pantalla. Ni flores. Me siento sin saber muy bien si es que es sordo, o es que hablo muy bajito. Decido no darle importancia, y espero, paciente (nunca mejor dicho).

Calculo que habrán pasado una docena de arcángeles, lo menos, cuando oigo un susurro que me pregunta, por supuesto sin mirarme... Nombre, edad y dirección. A punto estoy de decirle que no quiero que me escriba una carta, pero en vez de eso, contesto educadamente a las tres preguntas. Me empiezo a ver saltando por encima de la mesa y zarandeándolo. Trato de despejar la mente y concentrarme en lo que supongo que me va a preguntar.

Pues no. Silencio. –“No me pican”- le espeto, valiente y algo cabreada, al rato. Silencio. -“No he tenido fiebre y no tomo ninguna medicación”- insisto. Silencio. –“No he cambiado de gel, ni de cremas, y no tengo ropa nueva”- digo, ya a punto de matarlo. No se inmuta. Estoy por pellizcarme por si es un sueño, o un viaje astral, o algo.

Se levanta y oigo: -“Pase aquí” – Obediente y aprovechando que acabo de comprobar que no es un robot, me levanto y lo sigo. Levanta las manos como si yo estuviera atracándolo y deduzco, sin su ayuda, que quiere que haga lo mismo. Lo hago. Me siento como en la guardería. Me mira las manchas a través de la lupa, de lejos. Por un gesto de su índice, creo que quiere que me levante la camiseta, trato de no poner cara de ¿¿¿selehacomidolalenguaelgato???, y me levanto la camiseta. Gira el dedo en redondo, y yo giro. Ahora sé cómo se sienten los caniches en el circo. Solo que yo, encima, ni tengo galleta… (aunque ardo en deseos irrefrenables de darle yo una...)

No puedo más y le digo con toda la sorna de la que soy capaz: -“ No es contagioso, mis hijos son dos lapas, estése tranquilo...” (¡Ja, cómo si estuviese nervioso!).  Yo, ya no estoy segura de si estoy en la consulta de un dermatólogo, o en un monasterio Tchao-Li, delante del maestro.

Vuelve a la mesa, y en un esfuerzo sobrehumano hilvana una frase completa que casi me pierdo de la emoción. – “Cuando tenga los resultados de los análisis, los manda por fax, llama por teléfono, y ya veremos”. Yo estoy tan asombrada todavía por todo lo que me ha dicho del tirón, que no reacciono. Da igual, no hay prisa. A continuación, exhausto, supongo, tarda tres minutos de reloj en doblar en tres partes idénticas, el papelito de la prescripción antes de alargármelo por encima de la mesa. A estas alturas, estoy ya convencida de que padece narcolepsia y que me veré obligada a despertarlo de un alarido, de un momento a otro. En cuánto se le caiga la cabeza sobre la mesa...

Ya en el portal, me aseguro en el espejo de que estoy, de que no soy una presencia ectoplasmática. Se me ve. Palabra. ¡Qué susto!

En ocasiones, veo dermatólogos muertos...

domingo, 26 de diciembre de 2010

Alerta, volamos!

Oigo por la tele que estamos en alerta máxima por fuertes vientos. Me dan un alegrón, me encanta el viento. Lo prefiero templado, claro, pero por lo menos no me encontraré con esa calma, húmeda y fría, de todos los días.

Busco el plumón más largo que tengo, los guantes y la bufanda, y salgo a la calle encantada de la vida, camino del despacho. Son las seis. No hay un alma. !Exagerados!- pienso. Tampoco es para tanto. Algunos restos de periódicos revolotean por el suelo, y se ve alguna bolsa elevarse en el aire como un globo. La gente se asusta por nada- sigo-, machacona y valiente.

Al llegar a la Malagueta, el viento arrecia. Estoy feliz y lloro por el ojo derecho. Siempre me pasa. No cuando estoy feliz, si no cuando tengo frío. Camino con las manos hundidas en los bolsillos y los ojos casi cerrados, luchando contra el viento, que ya está empezando a ser preocupante...

Decidida, enfilo una calle peatonal que da a la playa. Empiezo a dudar de mí misma. Lo mismo es verdad que hay que alarmarse, imprudente- pienso-, pero es tarde y ya estoy dentro, después de dos minutos de reloj tratando de darle la vuelta a la esquina. Si me doy media vuelta, el aire me empotrará contra la pared, así es que sigo, andando como Locomotoro, en ángulo de 60 grados con el suelo. Entiendo de golpe el adelanto de los aviones cuando llevan el viento de cola...

Unos pasos por delante de mí, veo un hombre con una bolsa de súper en cada mano. También va inclinado y corre menos que yo, pero es más grande. Ya podrá... me digo. Debería haberme traído un par de kilos de patatas, o llenarme de piedras los bolsillos, o algo.

Cuando estoy a su altura, y voy a pasarlo, una ráfaga asesina me detiene completamente y me empuja hacia atrás. No puedo creerlo. No soy en absoluto dueña de mi movimiento. Y en ese momento, el hombre da un paso atrás y me grita: "!Póoongase detrás de míiii...¡" Atónita y a punto del ataque de risa, trato de obedecer pero no puedo. El hombre entonces, hace un esfuerzo sobrehumano (yo a estas alturas ya estoy llorando de risa...), me coge por la manga del plumas, y tira de mí.

Yo pido interiormente que, por favor, por favor, no nos esté viendo nadie, descojonado, desde una ventana.

Vuelvo a oír su voz atronadora: "¡Cóooojase a míiii!. No se me salen los ojos de las órbitas porque el aire no me deja abrirlos lo suficiente... Muerta de risa, de vergüenza y de miedo de que esto sea una cámara oculta, trato de facilitarle el trabajo a mi salvador, pero inútil, la poca fuerza que me caracteriza, se esfuma cuando me río.

De semejante guisa llegamos al final de la calle, y haciendo alarde una vez más de su espíritu indomable, y de su evidente predilección por Superman, me da un tirón del brazo, y me pone, literalmente, en volandas, al otro lado de la esquina. Yo, directamente me siento en el bordillo de la acera a llorar de risa. Ya no puedo aguantarme más.

A lo lejos, traída por el viento, oigo su voz una vez más, imperiosa: "¡¡Vaya usted con cuidadoooo!!

Todavía estoy un rato secándome las lágrimas y esperando que salga alguien de un portal, con un ramo de rosas en la mano, llamándome inocente, o algo peor...

Ni siquiera pude darle las gracias. Sirva esto como reconocimiento de la deuda que me une con ese desconocido.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


Sé que soy una tonta, pero llevo toda mi vida intentando que me gusten las Navidades (las Navidades, y no la absurda vorágine de consumo en que se nos han convertido últimamente).  Lo consigo a ratos, y a otros, las odio y quisiera que pasaran de golpe y en silencio, si puede ser mientras yo esté dormida. Total, por pedir…

Los ratos en que me posee el espíritu de la Navidad, sin dejar de reconocer el absurdo, me emociona la ciudad llena de luces, los puestecillos de belenes, de turrón, de carbón de todos los colores, y los villancicos. Para matarme, lo sé. Las calles me parecen más bonitas y la gente más amable. Y hasta me da igual que sea sólo por unos días al año, menos da una piedra.

Son días para hablar con la gente con la que casi nunca hablas, para reunirte con los que quieres, para echar de menos, más todavía, a los que no están, y para disfrutar con los que están. Supongo que me voy haciendo vieja y soy más capaz de percibir lo bueno de casi todo. Pero sólo a ratos.

Los ratos en que me gustaría que fuera Marzo, por ejemplo, son aquellos en los que no puedo dormir porque la hernia de hiato dice que ella también quiere celebrar las comidas pantagruélicas, y sabe dios que lo hace, solidaria ella, o en los que me toca aporrear la botella de anís con la cuchara y que Clara se monde de risa a mi costa, y mis hijos se avergüencen de la madre que los parió, o en los que echo de menos mis pantalones de pana, porque se me están congelando las piernas con las medias, y el resto del cuerpo con los escotes.

Mis hijos vuelven en Navidad. Lo sé, lo mismito que El Almendro. Y mi casa se volverá a llenar de ruidos, de broncas y de risas. Trataremos de ser más amables los unos con los otros, y lo conseguiremos unos días. Por lo menos dos o tres. Y después, volveremos a la normalidad de querernos con la intensidad propia de una familia, y la dificultad propia de lo mismo. Pero es lo único que les he pedido a los Reyes, que no dejemos nunca de serlo.

Tened cuidado con lo que deseáis, porque lo mismo se cumplen vuestros deseos. Que el espíritu dickeniano de la Navidad os posea como a mí, y os haga felices. Que os vuelva un poco niños y un poco viejos a todos, y os haga conscientes de lo que es realmente importante para cada uno. Y que lo tengáis.

Felices Fiestas a todos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La Fe



Durante la mayor parte de mis años de adulta me he declarado una atea irredenta. Siempre lo he dicho absolutamente convencida. O eso creo. Y he criado a mis hijos sin creencias religiosas de ningún tipo, guiándome solo por mi propia conciencia de lo que creo que está bien y mal en relación directa a los demás, y no a que nadie, más que ellos mismos, los juzgue. No hagas lo que no te gustaría que te hicieran a ti, es la máxima. No ayudes a crear un mundo en el que no te gustaría vivir. Sólo eso.

Soy racionalista y “tomasina” (de meter la mano en la llaga para creer), y la idea de dios no se sostiene ni con Superglú. Me empeño en no creer en “algo” por encima de nuestras cabezas, en “algo” distinto de la vida material que conocemos. Juro y perjuro que esto se acaba aquí y menos mal, que con una vida y no eterna, tengo más que de sobra. Pero hablo con mis muertos como si pudieran oírme. Y lo que es peor, con la absoluta convicción de que me oyen.

Me crié y me eduqué, como la mayoría de la gente de mi edad, en la religión cristiana al uso. Familia creyente pero no practicante ni machacona, y colegios de monjas no especialmente pesadas. Lo normal en la época.

Pero supongo que las cosas que aprendes de pequeño dejan una impronta especial, y en esta, como en todas las demás facetas de mi vida, la contradicción me gana por la mano de las emociones, y me pillo, siempre en momentos difíciles, eso sí, pidiéndole a un cielo en el que se supone que no creo, que no se olvide de que estoy por aquí y me eche un cable, si puede ser a cualquier parte que no sea el cuello.

Una vez la tónica en mi vida a la que no acabo de acostumbrarme, mi cabeza, razonando, por un lado, y mi corazón, deseando, por otro. Esquizofrenia total la que me caracteriza.

Tengo un amigo-guadiana (que va y viene, aparece y desaparece), que me ha jurado mil veces que la fe es un regalo. Yo siempre deseé que me lo hicieran por un lado, y temido que me lo hubieran hecho ya, por otro.

A mí la fe, al contrario que a otros, me hace vulnerable ante mí misma y ante el mundo. Me pone en un brete, me deja sin el control que me empeño en creer que ejerzo sobre mi vida. Me desbarata lo racional, lo lógico, el camino en el que me siento más cómoda. Me da un susto que me muero. Pero está ahí, la jodía. ¿¿Contradictoria yo?? No quiero ni pensarlo...

domingo, 21 de noviembre de 2010

El Espíritu de la Ley


Conozco a una buena persona. Además de ser mi amigo y de deberle tantas cosas que no podría enumerarlas, es una persona honrada que trata de vivir de acuerdo a su conciencia (y doy fe de que la tiene), que no es poco en los tiempos que corren.

En esta sociedad de marabunta mediática y de golpes de efecto gubernamentales a base de detenciones masivas y “grandes operaciones” policiales que, encima, de momento siguen quedándose en humo aunque distraigan mucho durante un tiempo, nadie está a salvo de nada. Nadie puede estar a salvo, si el poder judicial no respeta las normas (la ley, vamos) y abusa, aunque sea en la forma de interpretar y hacer cumplir la ley que nos iguala a todos. O eso debería ser.

Nadie puede ser culpable de ningún delito a priori. Nadie debería juzgarse en los telediarios ni en los periódicos. Nadie debería dejar de ser inocente hasta que se demuestre fehacientemente su culpabilidad en un juicio con todas las garantías. Nadie debería sentirse desamparado por la Ley. Nadie debería pagar por un delito que no se ha demostrado que lo sea, y durante varios años, menos.

Si se nos llena la boca de decir que vivimos en un Estado de Derecho, si somos ejemplo de transición democrática para otros países, si nos planteamos negociar con terroristas para alcanzar la paz, tal vez deberíamos primero ser justos, también, con aquellos que se han visto envueltos en esas enormes redes que pescan de todo de cara al escaparate, y en las que van justos y pecadores.

Sólo aplicar la ley, que para eso está. Aplicar, no manejarla al antojo de intereses que serían difíciles de justificar si nos pusiéramos todos a exigir explicaciones a quien corresponda.

Mi amigo, que sigue teniendo conciencia, está perdiendo casi todo lo demás por cosas del marketing policial o gubernamental, o lo que sea. Su prestigio profesional, el patrimonio conseguido legítimamente con su trabajo, la tranquilidad de su familia, y la fe en la justicia. En casos como el suyo, sería un milagro no perderla.

Este es también un país de rencores y de revanchas, en el que las cabezas de turco se usan más de lo que sería recomendable. Y todo el mundo se calla. Por si nos toca. Yo hoy me he hartado de eso. Hoy es mi amigo, pero mañana podría ser yo, o tú. Por eso, y porque me parece justo no pienso callarme.

Lo que dejo a continuación, es un artículo publicado en diario Expansión, por el Decano del Colegio de Abogados de Madrid. Dice mucho mejor que yo lo que yo quiero decir:

“Lo que voy a contar no lo hago con mis palabras, sino con las palabras de la Ley. Y lo cuento para que recordemos que la Ley manda para todos los casos. Incluso para aquellos en que la acción de la justicia se nos aparece en tintes teatrales.

El la sociedad que decimos avanzada, en la democracia con tanto esfuerzo conseguida, la Ley es para todos: para los que la dictan o promulgan; para los que hemos de obedecerla, que somos todos; y también para los llamados a interpretarla, aplicarla y hacerla cumplir.

La palabra de la ley es esta: que la persona a quien se impute un acto punible deberá ser, a no ser que la Ley disponga lo contrario o que, desde luego, proceda su detención. Así que, regla primera, salvo excepciones, sólo se puede y se debe citar al imputado para ser oído (art. 486 y 489 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal).

Para que los jueces ordenen una detención, es necesario que se esté en los casos excepcionales que marca la Ley: el delincuente in fraganti, el fugado o el rebelde (art. 490 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal).

Finalmente, y para cerrar este ciclo de cautelas frente a cualquier abuso o exceso en la decisión judicial de detener, dice la Ley: La detención y prisión provisional deberán practicare en la forma en que menos perjudíquela detenido o preso en su persona, reputación o patrimonio (art. 520.1 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal).

Ese y no otro, es el modo de usar la fuerza que a los jueces atribuye la ley para disponer de la libertad de las gentes. Jueces y fiscales –en ese sinérgico tandem que forman en la institución de las causas penales- están también obligados a cumplir la Ley, puesto que el imperio de la Ley y el derecho es para todos, sin campo ni lugar para lo arbitrario y caprichoso. Así que jueces y fiscales que ostentan legitimación para instruir las causas, han de hacerlo con arreglo a la Ley. Sus funciones son trascendentes para la paz pública. Y han de ejercerse dentro de los límites de la Ley que, por cierto, les obliga a velar por los derechos de todos, también de los inculpados.

Así que, en lugar de contribuir a la aparatosa exhibición de ese “poder de detener”, sería mejor apartarse de la catarata mediática –que es libertad básica- y usar la fuerza de la Ley con la medida y contención que esa Ley proclama, sin perjuicio de la firmeza y rotundidad necesarias.

Alguien ha de recordar –nosotros los abogados lo hacemos con insistencia- que la instrucción de una causa es sólo el umbral de la Justicia: es investigación, no enjuiciamiento. A los detenidos en esa fase, se les están investigando conductas, no se les está ajusticiando. Su detención es prevención –cuando necesaria- y no condena. Y a los detenidos no se les puede duplicar el precio que en su caso deban pagar por sus delitos, si es que al final –después de un juicio con todas las garantías- una sentencia les condena.

Todo lo que debilite el sistema de justicia –tutela judicial efectiva- erosiona y degrada el Estado de Derecho. La historia nos cuenta las graves facturas que se pagan por el silencio ante ese deterioro de las normas básicas de la convivencia. Y son básicas las que se refieren a la libertad de las gentes.

Miles de jueces españoles están y trabajan por el modelo judicial constitucional; y habríamos de evitar que episodios como algunos que estamos viendo turben la percepción de la ciudadanía sobre la calidad de nuestros jueces y nuestra Justicia.

Cumplimos con el deber de respaldar y apoyar su rectitud, y de formular votos para que todos y siempre muestren su prudencia y su cuidado cuando de la libertad se trata. No vaya a ser que los calabozos policiales se conviertan en injusta e ilegal antesala, pena anticipada e irreversible, de todo llamamiento ante la justicia.”

(Artículo en el diario Expansión del Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, Luís Martí Mingarro, el 15 de Mayo de 2007)


domingo, 31 de octubre de 2010

La oxitocina y otras diferencias



Hablo con una amiga por teléfono:
-“Y nada más terminar, cuando yo esperaba ese momento tierno de después, va, se da la vuelta, se calla, y se pone a mirar al techo. ¿A ver, tú qué dirías?”

Yo, que hace rato que me sonrío recordando, iba a decir algo, pero me callo ante el montón de improperios que oigo que le dedica al interfecto, al otro lado del hilo telefónico. Que se desahogue, pobrecita. ¿Quién, de este género nuestro, el femenino digo, no ha pasado alguna vez por algo parecido? Me siento tan solidaria…

Cuando se tranquiliza y me deja meter baza, le cuento lo de la oxitocina. Seguramente porque a mí me tranquiliza saberlo, y me ha ahorrado algún que otro disgusto, y espero que, en ella, la información tenga un efecto parecido. Debería enseñarse (como tantas otras cosas) en los colegios.

La oxitocina es una hormona que se sintetiza en el hipotálamo, y que hombres y mujeres segregamos desde la hipófisis, en determinadas ocasiones y en distintas cantidades, y cuya característica principal, es producir, dicho en corto y en plata, la sensación de apego.

Las mujeres la segregamos en cantidades ingentes durante el parto y eso, amén de otras cosas y sustancias, hace que nos sintamos inmediatamente apegadas a nuestro bebé y nos parezca monísimo, aunque esté arrugado, colorado, deformado y llorando, y nos haya hecho estar en una posición poco elegante, durante las últimas catorce horas, e incómodas, hinchadas, gordas, meonas e insomnes en los últimos nueve meses.

Durante el enamoramiento también se segrega oxitocina, lo que explicaría satisfactoriamente que nos enamoremos de gente rarísima que, en estado normal de nivel de esta hormona, sólo nos gustarían como compañeros de viaje en autobús, o algo así, pero no como compañeros en el viaje de la vida. Así terminan algunos viajes.

En el orgasmo, la oxitocina vuelve a hacer una aparición estelar. En las mujeres en mucha mayor cantidad que en los hombres, pobrecitos ellos. Por eso, probablemente, a nosotras nos gustan los “después” más largos, y ellos darían algo por quedarse solos y dormir a pierna suelta, pero en su defecto y por educación, sólo se ponen a mirar al techo y a recuperarse del esfuerzo. Por eso, y porque son hombres, y nunca se sabe. Por si hay que repetir, supongo, que dios les pille confesados y preparados. Deportistas de élite, vamos.

Al final, y no estoy segura de que sea un consuelo, vamos a resultar ser nada más (y nada menos) que un montón de sustancias químicas y de descargas eléctricas variadas, y todas las diferencias entre los dos sexos y a veces entre el mismo incluso, se explicarán por un quítame allí esas moléculas de calcio, ese cortisol, o aquella serotonina.

Todo el romanticismo, el amor eterno, la simpatía o el odio, explicados por un sistema límbico más impregnado por una sustancia determinada que por otra. Señor.

Si es que no somos nada…

miércoles, 27 de octubre de 2010

Frágiles


La primera vez que recuerda claramente que quiso que se la tragara la tierra, tenía alrededor de 8 años, y trataba de demostrarle a su padre el "entrechat quatre", que había aprendido a hacer, a la primera, esa tarde en su clase de ballet, orgullosa, además, de que le hubieran dicho que colocaba los brazos como nadie.

-¡Vaya! Mira qué pato mareado- dijo su padre con una ironía sorda que atravesó el espacio como una flecha envenenada.

Algo le impidió echarse a llorar. Decidió que llorar era peor todavía que ser un pato mareado. Una intuición casi genética, para salvar la vida ante un depredador. Mantuvo la mirada y se tragó las lágrimas hasta que su padre salió de la habitación.

Por dentro, en esa cajita de fragilísimo cristal dónde cada uno refleja su propia imagen, se oyó el primer crujido de una grieta, pero apagó el sonido con el silencio. Nadie lo supo. Jamás volvió a bailar delante de nadie que le importara. Ni a llorar. A fuerza de oír que sus lágrimas eran de Judas, decidió que nadie más las vería nunca. Y lo cumplió.

Después, las grietas sucesivas acabaron destruyendo por completo la cajita, y en su lugar empezó a crecer un agujero negro que se iba tragando, silenciosamente también, cualquier posibilidad de confianza en algo. Cualquier posibilidad de redimirse de la soledad interior. El miedo, siempre, como compañía.

No sé si lo sabe, pero busca desesperadamente un bálsamo, que no existe, para curar su herida de años de odiarse a sí misma, de pensar que merece lo malo que le pasa, que no es digna de que nadie la quiera, si es que ella llegara a dejar que alguien se adentrara, alguna vez, en su interior. Donde cree que está el monstruo.

No sabe, aunque lo presiente en el fondo, que acabará cayendo en el vacío de su hueco interior, sin permitir que nadie lo conozca, ni que nadie encienda la luz que hace desaparecer todas las pesadillas.

Muda, asustada y frágil sin parecerlo (parapetada como está, detrás de la representación de sí misma), se dejará morir de soledad, antes de tender un puente que, está segura, es muy tarde para construir.

Pero sí sabe. Sabe que si extendiera la mano, quizá, (sólo quizá, seguramente quizá...), alguien podría ayudarla a saltar el vacío, y con el tiempo, quizá (solamente quizá, ojala que quizá...), ella misma pudiera rellenarlo.

Pero el miedo ancestral, el temor más antiguo, sobrevivir (al veneno de la flecha, al dolor de la flecha), no la deja moverse.