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miércoles, 28 de marzo de 2012

Primaveras



Nos acostumbramos a todo. Al ruido, a las injusticias y a la muerte. Vemos el telediario mientras comemos, y seguimos comiendo, independientemente de que nos hablen y nos enseñen a la princesa del pueblo, a los rehenes de la guerrilla colombiana,  un vídeo de violencia escolar, o campos de refugiados. Da igual. Sólo así me explico que puedan pasar cosas como las que están pasando ahora mismo en Siria, por ejemplo.

No soy una experta, como comprenderéis, ni en Oriente, ni en Occidente. No sé, aunque lo intuyo, (seguramente porque los humanos no somos tan distintos unos de otros, aunque nos separen muchos kilómetros), qué clase de odio heredado puede llevar a la gente a matarse con esa saña. Sin descanso, sin tregua y sin perdón, por ninguna de las partes. A estas alturas ya, odio, dolor y miedo, en forma de venganza, hábilmente manipulada por los que tiran de los hilos. Y, seguramente, muchos intereses lejanos y ocultos.

No voy a tratar de explicar las claves de conflictos que se vienen sucediendo desde hace tanto, que creo que nos hemos acostumbrado, (como a tantas atrocidades), a vivir con ellos como si fueran lo más natural del mundo, o lo que es peor, como si fueran inevitables, o se los hubieran buscado por su mal comportamiento no occidental. Lo único que quiero decir es que me indigna como se ningunea la vida. Como se quita importancia a que miles de personas, no sepan cómo acabará su día, ni el de sus hijos. Su día a día. Ayer, hoy, mañana cuando se levanten.

En todos los periódicos veo fotos de niños heridos, o muertos. De adultos gritando y corriendo con ellos en brazos, ensangrentados, desmayados o llorando. Los niños de las guerras. Los que luego, si sobreviven, tendrán un motivo para seguir matando. Y muriendo. Perpetuar el horror que vivieron, creyendo que así pagarán los culpables. Convencidos, todavía,  de que las guerras tienen un ganador.

Pero no pagamos. Culpables somos todos los que, sabiéndolo, consentimos que estas cosas sucedan. Los que, en esta era de la información  y la comunicación, no las utilizamos para cambiar las cosas sino para perpetuarlas, pero sí para sabernos, como si fuera la nuestra, la vida privada de los "famosos". Culpables somos los que, como yo ahora, escriben indignados un momento, y al siguiente olvidamos, porque no "podemos" hacer nada, y no sirve de mucho amargarse la vida. Seguramente porque tenemos una vida que poder amargarnos.

A veces, en mis peores pesadillas, me imagino en situaciones así. Cómo se debe sentir una madre con su bebé muerto entre los brazos, en una guerra que, todavía, ni siquiera era la suya. Morir por haber nacido en un sitio o en otro. Sin tiempo para decidir si serás violento o pacífico, tolerante o fanático.

Padres e hijos sin tiempo para jugar, sin tiempo para reír, sin tiempo para enfadarte por las malas notas o porque quiera escabullirse de la ducha. Sin tiempo para enseñarle el nombre de las estrellas en las noches de verano, o cómo se colocan las piezas del puzzle, en las largas tardes del invierno. Sin tiempo material.

He leído esta mañana que se cumple un año de la llegada de la Primavera Árabe a Damasco. Según la ONU, hay más de 7.000 muertos y miles de desaparecidos. Asad sigue aplastando cualquier intento de rebelión. No debe gustarle la primavera.

Y mientras, la oposición intenta su reconocimiento internacional, pero sin poder ponerse de acuerdo en lo mínimo exigible, para ser reconocida como interlocutor por los demás países que estamos asistiendo, impávidos, o casi, a tanta muerte y tanto sufrimiento.

Esta u otra excusa, no se ponen de acuerdo, allá ellos, nos permitirá dentro de un rato, dejar de pensar en eso y dedicarnos a preocuparnos por si lloverá o hará sol, mañana. Y olvidaremos, otra vez, que hay niños que mueren. De hambre, de guerras, de injusticias. Que no habrán de preocuparse del tiempo que hará en Semana Santa, porque lo más seguro es que no tengan un mañana.

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Quién será ésta?



Que digo yo que si alguien sabe cuando se termina este sube y baja hormonal que me tiene frita desde hace casi cinco años. Que si alguien sabe, que me cuente, que estoy empezando a creerme, que soy de verdad esta especie de cosa rara que, lo mismo se pone a llorar a moco tendido con un anuncio de tegustaconducir (¿??? que encima no me gusta), que a reír hasta las lágrimas, en mitad de una frase trascendente de alguien que no entiende qué bicho me ha picado de repente. Normal. Yo tampoco lo entiendo, palabra.

Cuando ya me creo que tengo controlada la situación, que me voy adaptando a los cambios múltiples y variados con los que mi medio exterior me está ayudando tanto, me levanto un día por lo pies de la cama, y lo mismo me puede dar por hacerme relaciones públicas de mi barrio, sonrisa en ristre y corazón abierto y generoso, convencida de que he eliminado a la bestia, que por ser anacoreta y no levantar la mirada del suelo más profundísimo, para no tener que cruzarla con ningún ser viviente que me la pueda devolver, con la conciencia absoluta de que voy a perder esta guerra de guerrillas.

Y no es que yo quiera nada del otro mundo. No es que no tenga ya asumido que soy rara y difícil en el trato conmigo misma y con algunos de mi confianza, no. No es que quiera que me guste envejecer, deteriorarme, ni cosas de esas, no. Lo que quiero es algo de equilibrio. Con saber que mañana se va a levantar de la cama la misma que se acueste hoy, me conformo.  

Prometo no aburrirme con algo de rutina personal. Dos semanas seguidas siendo la misma, y pensando lo mismo de las mismas cosas. No es demasiado pedir, creo yo. Que nadie se puede imaginar el sobresalto que supone encontrarse con una loca desconocida, que, encima, siempre me contradice, en el espejo cada mañana. Tanto es así, que me acuesto, atea y todo, rogando a todos los santos que por la mañana no me haya diluido completamente en vaya usted a saber quién. Y que no se me siga cayendo la cara (lo demás ya lo he dejado por imposible) por los lados. Eso a San Judas, que es el abogado de los imposibles. Total, puestos a pedir…

Si me lo hubieran dicho hace cuatro o cinco años, hubiera tachado de sádico a quien fuera, pero, lo juro, ¡¡echo de menos mis estrógenos!! Y todo esto sin Terapia Hormonal Sustitutiva, que si me llegan a sustituir…

Y ahora me voy a cocinar, que la extraña que llevo dentro se relaja entre pucheros. ¡¡Yo cocinando para que se relaje otra!! Vivir para ver. Socorro.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Navidad (Grrrrrr...)



Atravieso el Parque deprisa, como siempre (hay quien dice que yo no ando, hago la instrucción...), con las manos hundidas en los bolsillos y el cuello del abrigo hasta las orejas.

Hago un esfuerzo por no ver las luces brillantes de Navidad colgadas por todas partes. Inútil, Málaga es una antorcha.

A todo lo largo de la acera derecha del Paseo, puestos de regalos y figuritas. Bullir de gente comprando, mirando, paseando. Bufandas y niños por todas partes. Olor a algodón de azúcar y a castañas asadas. Pena en el alma.

Como voy de autista, deseo para mí misma no encontrarme con nadie conocido. No estoy para sonrisas, ni para buenos deseos. Además, hace un frío que pela para pararse.

Este año no quiero Navidad. La marabunta de cajas que es mi casa, me ha dado la excusa perfecta para no tener que adornar nada. Por primera vez en mi vida. -Alguna ventaja tenía que tener esta mudanza de locos-, pienso. Desearía estar lejos y sola. Y dormir hasta el 7 de Enero de algún año de estos.

Se me va la cabeza al recuerdo de dos de las personas que más he querido en mi vida, y que no estarán conmigo este año negro. Unas mueren, otras las matamos para que puedan seguir viviendo tranquilas. Paradojas de la vida. Mierda.

Oigo mi nombre y alguien me tira de la manga. Maldición. Me trago la lágrima que llevaba camino de salirse y abrazo, sonrío y deseo felices fiestas, porque mi madre se gastó una fortuna en educarme, y desde donde quiera que me esté viendo, se estará mondando de risa y diciendo: "qué rarita eres, hija mía..." Debo ser rara, sí.

Cruzo el semáforo de la Diputación mirando la Manquita de reojo, para no empezar otra vez con las nostalgias. Mi hija me espera sonriendo. Está tan guapa que me emociona. Mis hijos son lo mejor que he hecho en mi vida. Casi no me creo que sean míos...

Me abraza en mitad de la calle y me dice: "¿Has visto qué bonito está todo?, ¿dónde vamos?, no me dirás que tienes frío, hace una noche estupenda..."

He dejado de sentirme los pies hace rato, y la punta de la nariz, y lloro por el ojo izquierdo que tiene vida propia, pero sonrío, socarrona y asiento: "Sí... talmente Agosto..."

Me coge del brazo y echamos a andar. Y cuando apoya su cabeza en mi hombro (agachándose, claro) y dice "Mami...", bajito, sé que adornaré las cajas, que compraré regalos, y que, probablemente acabe tocando la botella de anís con la cuchara en casa de Sofi, para que se monde Clara. Y ella, y todos. Y sé que la vida sigue y es Navidad, y que no puedo pararme ni dejar de tirar del carro. 

Aunque el ojo derecho también me llore, y el corazón esté con los que no están. Porque están en mí.

Feliz Navidad a tod@s


domingo, 18 de septiembre de 2011

La moto


Qué ganitas tengo ya de que se acabe la campaña, que se supone que no ha empezado todavía. Porque por más que me lo propongo, por más que cuento hasta 98.675.645.342.475 al final, me termino cabreando siempre.

Vamos a ver, señores del poder y aspirantes: Que, pese a sus esfuerzos por convertirnos a nosotros y a las generaciones futuras en idiotas, todavía podemos pensar solos y sacar conclusiones. Que, se les olvida siempre, el poder es nuestro y no suyo (ni de la tele, vamos), y que deberían agradecernos nuestra paciencia y no tirar más de la cuerda, que estamos ya morados, con tanta tensión, real o convenida.

Que digo yo que si se puede reducir el paro siempre en épocas electorales, (recuerdo la promesa anterior de Zapatero de reducirlo al 7%. No sé si reírme o echarme a llorar), sería bueno explicar por qué no se ha hecho hasta ese momento. Y lo mismo con la subida de las pensiones, o con la creación de empleo estable. Y qué decir de la reforma de la enseñanza, que todo el mundo político coincide en que hay que acometer, pero que cada cual, cuando le toca, la acomete con nocturnidad y alevosía, dejándola para el arrastre de una a otra legislatura. Y así andamos, con un nivel por debajo de la media europea en comprensión de lectura de nuestros estudiantes (y aquí, en Andalucía, la media es inferior, todavía, a la media del resto del país), que digo yo que será por eso que nos van a televisar “El Debate”, porque no entendemos bien lo que se publica escrito.

Y los aspirantes, llegan amenazando con quitar derechos civiles y sociales a colectivos que, aunque les parezca mentira, están compuestos por personas también.  Con la orientación sexual que les dé la gana, oiga, que para eso es suya. Miedo me dan cuando se erigen algunos en sabedores de lo que es “natural” y lo que no lo es. ¿Y si un día, lo natural es la familia de cuatro miembros (dos de ellos, los mayores, por supuesto de distinto sexo) y un perro? Con lo que ensucian los perros el sofá, que lo tengo blanco. Y a ver dónde voy yo, a estas alturas, a por el miembro que me falta.

Hasta estas familias “naturales” se indignan cuando no llegan las ayudas de la famosa Ley de Dependencia, o cuando no pueden pagar la hipoteca, inflada como un globo, por la falsa boyante economía de la legislatura anterior y la presente. O cuando esperan y esperan y esperan y esperan, para acceder a un especialista que les dedica tres minutos para mandarles una prueba que hay que volver a esperar y a esperar y a esperar, antes de esperar de nuevo para que nos la interprete y nos mande algo que nos alivie por lo menos. Eso si no te mueres antes, que casos se han dado para la historia. En esta y en la otra legislatura. Y los que se darán. Podría seguir, pero seguro que seguís solos.

Vale que la democracia es el mejor de los malos sistemas de gobierno, hasta ahí estamos, y yo, el día que toque iré a votar, seguramente en blanco. Porque es mi derecho y mi deber, si luego quiero escribir cosas como estas. Pero de eso a comprarles la moto…

domingo, 11 de septiembre de 2011

Septiembre, again.



Septiembre ha llegado con su particular olor a reinicio, a rentrée, que dicen muy bien los franceses, poniéndome ya los pelos de dentro del alma de punta, y preludiando un montón de cosas que no me gustan y a las que no me acostumbro, por más que lo intento, de un año para otro.

Seguramente será porque se acercan mi cumpleaños, las tardes cortas, el cambio de hora, las comidas con cuchara, la ropa que pica, las tiritonas, los pies que no me siento y el invierno interminable. Seguramente será que daría media vida con tal de que no llegaran ninguna de todas esas cosas. Seguramente será que hay que ordenarse, abrigarse y acostarse temprano. Y yo odio todo eso. Y lo temo.

Es el fin de la sensación de anarquismo que me produce el verano, en el que me creo, no sé si será porque llevo menos ropa, más libre y menos comprometida con todo. Con lo poco que me gustan a mí los compromisos y la ropa de lana.

Septiembre me pone triste, y eso a pesar de que soy perfectamente consciente de su magnífica luz tamizada, sus colores amarillos, sus hermosísimas tormentas que traen de la calle el olor familiar de la tierra mojada, o su brisa, mucho más fresquita, que alivia mis sofocos menopáusicos. Septiembre es un mes precioso que me produce una sensación interna terrible. Es el fin de algo y el comienzo de otras cosas. Y desde los cinco años, más o menos, me da unas ganas enormes de llorar.

Y esa extraña tristeza de cada año por estas fechas, para colmo, me recuerda que cada Septiembre tengo un año más y uno menos. Que esto va que vuela y que no espera a nadie, que el tiempo está mal repartido y que yo, personalmente, he perdido muchos trenes y que cada día me quedan menos por perder. Aunque no estoy segura de que eso sea un consuelo.

De niña me asustaba el colegio, demasiado organizado y gregario para el carácter rebelado, poco social, que no poco sociable, anárquico y contradictorio que todavía conservo, aunque suavizado por las cosas vividas y el tiempo. De mayor, me asustan los días cortos, las noches interminables, y el frío que no puedo abrigar. Y la rutina.

Quiero que llegue Mayo. Ya.

viernes, 22 de julio de 2011

Orgullo de madre

Su primer concierto. Muchos nervios y muchas emociones. Los vídeos son de una pésima calidad, pero su voz no. Tiene toda una vida por delante. Además se merece todo lo bueno que le pase porque no es una persona usual.

Y de paso, que me retire y me ponga un piso ;P Así me resarcirá de lo de las fresas...

sábado, 11 de junio de 2011

In Memoriam


No te echo de menos, hoy, más que cada día, pero si más triste, sí más enfadada con el mundo, sí más consciente del hueco que llenabas. Creo que he encontrado la frase perfecta para recordarte hoy, a ti que eras, como yo, un enamorado del cine. A ti, que me confesaste una vez que nunca te había querido nadie como se quería en las películas.  Que echabas de menos esa clase de amor. ¡¡Toma, y todos!!- te dije, con sorna. No, es en serio, me dijiste tú. Y descubrí que quizá sí, que quizá estabas esperando en serio un amor como aquellos. Que me lo decías sin el menor atisbo de cinismo, y con algo de desamparo. Sin ninguna posibilidad de encontrarlo, pero esperando. Y, de golpe, supe por qué me inspirabas tanta ternura a veces. Como esa vez.

Yo, que debí ser la única mujer a tu alrededor que nunca estuvo enamorada de ti, (por eso, quizá, nos quisimos tan bien como nos quisimos), te dedico hoy esta frase de una de las más hermosas historias de amor del cine universal.

" Acoge el alma de tu hijo Denys Georges Finch Hatton que has compartido con nosotros. Nos dio alegría y le quisimos mucho. No nos perteneció. No me perteneció. "

Memorias de África.

Te sigo echando de menos cada día, yo tampoco me bajo del caballo. No nos olvides, donde quiera que estés.

lunes, 6 de junio de 2011

Lo invisible



Me contaban el otro día un sueño imposible. Uno de esos amores que perviven en el tiempo, durante más de 30 años, a través de la distancia y el silencio.

Un sentimiento preservado por la falta de lo cotidiano, por la falta del desgaste que conlleva compartir cada día con alguien, pero un hermosísimo sentimiento al fín. ¿Quien podría decir que no lo es, oyéndole hablar con los ojos brillantes perdidos en el recuerdo de lo que nunca fue?

El amor en estado puro, que se mantiene inalterable al paso del tiempo, porque el tiempo no lo toca. Que se alimenta y crece en el interior de un solo corazón. Que se conforma con soñar lo que no tiene y sabe que jamás tendrá, por un sentido olvidado del honor y de la hombría. Porque hay otros que sufrirían si se supiera. Otros que también son importantes.

Por eso es un amor que no comparte. Completamente a solas, ama disimuladamente y en silencio, sin esperar nada del tiempo. Sabiendo que acabará llevándose, intacto, el sentimiento más hermoso que ha tenido en su vida. Nadie, observándolo, hubiera podido adivinar la belleza y la ternura de lo que se esconde en el interior, al abrigo de todas las miradas. Secreto y mágico.

Y seguramente ella, menos que nadie. O quizá no. Quizá lo sepa sin saberlo. Como se saben las cosas importantes. Las cosas que no nos atrevemos a explicarle a nadie. Ni a nosotros mismos. Por miedo a que desaparezcan al nombrarlas. Por miedo a que no desaparezcan si se nombran.

Nada me gusta más que aquello que me obliga a descubrir, en lo profundo, cosas que no se ven. Y nada más profundo, más complicado y más oculto, que un corazón humano.

Cada día me gusta más mi trabajo.

"Lo esencial, es invisible a los ojos"

Antoine de Saint- Exupery (El Principito)

martes, 24 de mayo de 2011

Sobreviví



Sabe dios cómo, un año más he sobrevivido a la Semana Santa malagueña. Aunque he de confesar que buena parte del mérito ha sido cosa del mal tiempo que yo agradezco, con perdón de los señores cofrades.

Ya sólo me queda la Feria, y en esa ya, no creo que el tiempo sea mi aliado. Es en Agosto.

Para mí, que las aglomeraciones siempre me han puesto de los nervios, son las dos épocas del año en que Málaga se pone insufrible. No se puede dar un paso sin que te lo pisen, o se lo pises tú a otro. Suelo salir perdiendo en esa guerra, calzo un 36.

Te estrujan, te empujan, te impiden el paso, te hacen dar vueltas estúpidas para llegar donde siempre, te clavan en cualquier sitio como a cualquier foráneo, y te dan unos sustos de muerte cuando te encuentras rodeada de filas y filas de señores disfrazados de Klu-Klux-Klan, que te amenazan con ponerte pringando de cera como te descuides lo más mínimo. O La Legión, con sus armas al hombro y su esguince en el cuello, que la gente disfruta como si fueran fuerzas de la ONU y vinieran a liberarnos o algo, tan marciales, tan verdes, con su cabra tan acostumbrada al fervor de multitudes que desfila como Giselle Bundchen.  Y si cantan, el fervor popular sólo es comparable al que despierta Bisbal o Ronaldinho.

Y lo peor, las colas interminables en los lavabos de señoras, que para colmo, cuando ya, por fin, entras a punto del baile de San Vito, están tan asquerosos, que hay que decidir rápido si hacer lo que venías a hacer, o vomitar directamente. Total, un espectáculo a decir de algunos.

No me quejo porque soy consciente de que mi ciudad vive del turismo, y como el slogan es: Al Turismo una sonrisa, pues eso, a sonreír aunque por lo bajinis te estés acordando de su madre cuando te pisan los guiris con sus sandalias enormes, y su cara de gamba congestionada por el sol y por las birras, tan baratas a pesar del clave.

Y digo guiri, por diferenciarlos de los madrileños (mis paisanos por cierto), que en estos días nos invaden pacífica pero irremediablemente, con su acento inconfundible, y esa cara de asombro de que en provincias también estemos de obras. Como si los agujeros en el suelo fueran de su dominio exclusivo.

Y ahora que se han ido todos y yo me las prometía tan felices y buscaba por los cajones el bikini del año pasado, para empezar a ejercer mi verdadera vocación que no es otra que la de lagarto, ahora, llega el invierno.

Si es que…

domingo, 23 de enero de 2011

La Finca



Olía a la finca. Bajando por el carril de tierra, entre higueras y olivos, antes de verse la casa de Librado y la nuestra al fondo, yo podía ya oler La Finca, y oía a Morito ladrar. Ramona decía que días antes ya estaba inquieto, que corría hasta la carretera al menor descuido, y que había que acabar atándolo para que no llegara a buscarnos a Madrid.

Cuando el coche frenaba para bajar el carril, yo tenía la misma sensación en el estómago que tengo ahora cuando llego al destino de cualquier viaje: miedo, excitación, cansancio y sobre todo el deseo de seguir, de que nada cambie, de no parar... Muchas cosas indescriptibles con palabras.

Sólo un bañador de chico y un penacho de plumas indias en la cabeza, esa era yo todo el verano. Impresionada por la navaja de Librado, que cortaba los tomates, enormes, por la mitad, de un sólo tajo. Y yo me los comía, con sal, orgullosa de no necesitar más que mis dientes. Feliz de poder achuchar a Morito y oler a perro, y coger peras, y cortar alfalfa para las conejeras con una hoz pequeñita que me dejaba Ramona, desobedeciendo a mi madre. Tranquila porque no había horarios, ni deberes, ni rezos, ni ropa, ni lenguados para cenar.

El amarillo de las manzanas y de los membrillos, el verde plata de los olivos, el rojo carmesí de la Rosaleda y el zumbar de las avispas entre las parras de la lonja, es lo que más recuerdo. Y el olor a limo del río. Después de todo lo que pasó, no he podido superar ese olor con el tiempo, y me sigue dando ganas de vomitar.

Volví hace unos años, 25 después de la muerte de mi hermano Javier. Nadie había vuelto desde entonces. No quedaba nada. Un montículo sobrecogedor de escombros, sobre lo que fueron muchos veranos de mi niñez y buena parte de las raíces de mi familia.

Ni un manzano, ni una higuera, nada. Un viento repentino me trajo unas risas del río. Cerré los ojos y la vi. Una niña salvaje, casi desnuda y con un penacho de india en la cabeza, me decía adiós con la mano. Hubiera querido llevármela y protegerla del futuro, pero no pude.

Se me fue perdiendo, despacio, en la línea brillante del horizonte. Lloré mucho rato sobre los escombros, que no olían a nada.

domingo, 2 de enero de 2011

El puente de seis carriles


Es curioso como los seres humanos tratamos de darle sentido a las cosas. Supongo que porque asomarse al precipicio de que no lo tuvieran, sería demasiado peligroso.

¿Por qué pasan unas cosas y otras no? ¿Por qué a unos sí y a otros no? ¿Para qué? ¿Con qué objetivo?

En los semáforos, en el autobús, por la calle, en el despacho, mires donde mires, sólo se ven individuos como tú. ¿Qué buscan en la vida? ¿Qué los asusta, qué les hace reír? ¿En qué habrán puesto sus ilusiones y sus esperanzas? ¿Habrán encontrado suficientes respuestas como para no morirse ahogados entre las preguntas?

Vistos desde arriba, debemos formar una colonia curiosa. Nacer, reproducirse y morir. Qué terriblemente fácil es resumir la vida. Como las abejas, durmiendo en celdas, recorriendo pasillos. Obreros, zánganos y reinas. Cada cual a lo suyo. Cada cual dándole forma al todo. Sí, pero ¿para qué? Nacer, reproducirse y morir.

Sólo nos hace distintos la conciencia. La conciencia del proceso que todos los demás seres vivos recorren sin hacerse preguntas.

Jamás he sido capaz de contestar mis preguntas con respuestas de otros. Supongo que por eso, hace tiempo concluí que nada de esto tiene más sentido que el que cada uno le quiera dar. Que no existe un "sentido" más allá de la propia necesidad de tenerlo.

Y como mi necesidad no incluye la trascendencia, el sentido de mi vida es temporal y tiene que ver con las necesidades de aquellos que quiero. Es un sentido egoísta y pequeño, porque solo me da para dormir algunas noches sin sentir el vértigo de los porqués.

Es un sentido cotidiano, parecido a un catering, que incluye cubrir las más variadas necesidades externas de los que amo, y sus demandas internas. Seguramente más allá de lo que me correspondería, e incluso más de lo que necesitan realmente.

Alguien querido me llamó una vez la mujer no conflicto. Y no porque yo carezca de ellos, al revés. Si no porque soy incapaz de ejercer de "miranda" y no intervenir, si sé que alguien de los míos los tiene y sufre.
Si yo pudiera pedir un deseo en la vida, seguramente el genio acabaría, como el del chiste, construyendo un puente colgante de seis carriles entre América y Europa. Porque lo que yo deseo es mucho más difícil que eso.

Si yo pudiera pedir un deseo, borraría del interior de los que quiero la conciencia de su propio proceso de vivir. Les quitaría el miedo que a veces nos hace tiritar en medio de una noche de verano. O les regalaría conformidad con las respuestas a las preguntas.

Pero no tengo ni idea de cómo hacer eso, y desear que sigan siendo personas al mismo tiempo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ella soy yo


Ayer fue uno de esos raros días en que llovió en Málaga. Cuando iba hacia el despacho después de comer, con mis botines cerrados y mi impermeable, vi., a lo lejos, la figura de una mujer anciana resguardándose, ella y sus pertenencias, de la lluvia, en la puerta de una iglesia cerrada. Soy miope y no podía apreciar bien, a esa distancia, la edad real de la mujer.

Pensé, con pena, que llegaba el invierno para todos (yo lo odio), pero para los sin techo, más que para otros.

Pasé toda la tarde trabajando, a resguardo y sin acordarme de nada, disfrutando a ratos de la tormenta monumental que descargó a última hora. Porque soy así de rara, y me encantan las tormentas, y tenía que hacer esfuerzos por no saltar de la silla y asomarme a la ventana cada vez que se veía el resplandor de un relámpago. Pero soy una profesional seria, o debo parecerlo…

Al salir, alrededor de las nueve y media, ya no llovía, pero las calles estaban desiertas y mojadas, y al pasar bajo los árboles, empapados aún, caían gotas de esas que entran por el cuello de la gabardina y te dejan todos los pelos de punta de repente. Una noche de otoño, preludiando la que nos espera dentro de nada.

Al doblar una esquina, volví a verla. Estaba a cubierto de las gotas asesinas bajo el toldo verde de un kiosco de periódicos, que cubría, escasamente, su cuerpo menudo, su carrito del súper y sus múltiples bolsas de plástico.

Vista de cerca era muy menuda, me sobrecogieron su palidez y sus ojos azules. Parecía una dama de camafeo antiguo, delicada y hermosa. Rondaría los 80 años. Lo que más me impresionó fue su fragilidad y su desamparo en mitad de la noche.

Por una décima de segundo pensé en llevármela a casa a dormir, pero no tuve el valor de pararme y decírselo. Seguramente me hubiera tomado por loca asesina de ancianas vagabundas. Yo lo hubiera pensado. Después pensé en llamar a la policía, pero tampoco me atreví por si era peor el remedio que la enfermedad.

Seguí andando y la dejé a mi espalda, debajo del toldo en mitad de la noche, con una punzada de dolor y otra más grande de vergüenza. Por irme, por abandonar.

Pero lo peor, lo que más me avergüenza, es que, hasta hace un rato, hoy que ya es otro día, no había vuelto a pensar en ella. Que cuando llegué a mi casa, cubierta, cálida y familiar, la olvidé por completo y me dormí como si tal cosa. Como si todo estuviera bien en el mundo. Como si mi mundo y el suyo no fueran el mismo mundo.

Hoy que hace sol, me conformo sabiendo que no se mojará, que no pasará frío, que el invierno le da una tregua todavía. Y ya. Sin más.

No quiero ser la que fui la otra noche, no quiero olvidar lo que no me pasa a mí, sólo porque tengo la suerte de que no me pase. No quiero creer que lo que no me pase a mí o a los míos, no es importante. No quiero creerme que yo no soy parte de ella. Que todos somos ella. No quiero ser cobarde, individualista y lejana.

Ayer fui todo eso, y no quiero perdonármelo y dar media vuelta en la cama con la sensación de tener las manos limpias, porque no las tengo. No sé si la vida me dará la ocasión de rectificar, ojala que sí. De momento, hoy no me gusto nada.

jueves, 7 de octubre de 2010

Aventuras



La primera vez que me enamoré completamente en serio, fue de Tarzán. Andaba por mi casa, todavía anda,  una antigua edición de bolsillo de varias novelas de Edgar Rice Burroughs, a punto de desencuadernarse (ya están desencuadernadas…), y yo, a punto de encuadernarme por aquel entonces (ahora ya, a punto de desencuadernarme también), en el verano aburrido de mis 13 años.

Me leí todas las que había: Tarzán de los Monos, El Regreso de Tarzán, Las fieras de Tarzán… Ese Agosto, yo atravesaba la jungla de liana en liana, amparada por la enorme figura del mono blanco, que debía parecerme el sumum de lo masculino singular, y Jane Porter me parecía la mujer con más suerte del mundo hasta que llegué a El Hijo de Tarzán. En ese momento, y con una absoluta falta de lealtad hacia su padre, salté de generación para enamorarme perdidamente de Korak, y desear ser Miriam, la valiente y bella árabe secuestrada por un traficante de esclavos, que no se doblegaba ante tal infortunio, convencida de que su hombre llegaría a tiempo del rescate. Y llegó, claro.

Hubiera dado mi bazo (el brazo me hacía falta para las lianas), por convertirme al islamismo si hacía falta, y vivir para siempre colgada de un árbol entre monos. Cómo hemos pasado de eso, a convertirme en una sensata mujer de 52 años, ordenada, metódica, madre gallina, y conforme con el discurrir de mi vida pacífica, es algo que no llego a explicarme todavía.

Algo más mayor, a los 17, volví a enamorarme seriamente de otro personaje. Esta vez era un gallego perdido en Londres, recién acabada su licenciatura en Económicas, a finales de los años cincuenta. Me hubiera cambiado sin pensarlo, por Huguette de Guenard, la inolvidable camarada de correrías. Los dos en un país extraño, los dos en situaciones raras y nuevas, o raras por ser nuevas, o nuevas por ser raras. Martín Canel Cerdá era él, y Pasos sin Huellas, la novela que, por cierto, ganó el Premio Planeta en 1958, curiosamente el año en que nací yo.

El cuarto personaje que ocupó mi corazón casi para quedarse de por vida, ya alrededor de la treintena, fue  el sarcástico, mordaz y encantador Tom Wingo, protagonista de El Príncipe de las mareas, la magnífica novela de Pat Conroy. Mucho más tarde, la vida me brindaría la oportunidad de ser Lowenstein. Y lo fui. Lo recuerdo como una de las más hermosas épocas de mi vida. Y de las más tristes. Cuando vi la película, podía reconocerme en tantas escenas, que a punto estuve de operarme la nariz a lo Streisand...

Lo peor del paso del tiempo (que era a lo que iba antes de enrollarme tanto con lo literario), es que nos va robando trozos de nosotros. Y no sólo de colágeno de los lados de la cara para que se nos descuelgue, que también, si no del colágeno del alma, para que se nos acaben descolgando las cosas que fuimos alguna vez, y que, si lo piensas parece que fue ayer, o parece que podrías retomarlo mañana.

Yo era aventurera, lanzada, ocurrente, sexy (lo juro). Quería ver mundo, vivir mil vidas, una oportunidad en Broadway y tener una casa sobre la arena, en alguna playa desierta, para ver las tormentas sobre el mar en invierno. Y hacerme vieja de golpe a los 70 y morirme sin más. Y sin menos.

Y hasta ese momento, amar y ser amada con el arrojo de Tarzán y Jane, con la pasión de Korak y Miriam, con la ingenuidad de Martín y Huguette, y con la esperanza, la valentía y la desesperación de Tom Wingo y Lowenstein.

Pero el tiempo consigue que te conformes con tener un trabajo, pagar la hipoteca (que no es poco) de un piso relativamente cerca de una playa concurrida, ver crecer a tus hijos, querer pacíficamente a tu hombre y tener un plan de jubilación.

Menuda trampa es esto de la vida...