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miércoles, 28 de marzo de 2012

Primaveras



Nos acostumbramos a todo. Al ruido, a las injusticias y a la muerte. Vemos el telediario mientras comemos, y seguimos comiendo, independientemente de que nos hablen y nos enseñen a la princesa del pueblo, a los rehenes de la guerrilla colombiana,  un vídeo de violencia escolar, o campos de refugiados. Da igual. Sólo así me explico que puedan pasar cosas como las que están pasando ahora mismo en Siria, por ejemplo.

No soy una experta, como comprenderéis, ni en Oriente, ni en Occidente. No sé, aunque lo intuyo, (seguramente porque los humanos no somos tan distintos unos de otros, aunque nos separen muchos kilómetros), qué clase de odio heredado puede llevar a la gente a matarse con esa saña. Sin descanso, sin tregua y sin perdón, por ninguna de las partes. A estas alturas ya, odio, dolor y miedo, en forma de venganza, hábilmente manipulada por los que tiran de los hilos. Y, seguramente, muchos intereses lejanos y ocultos.

No voy a tratar de explicar las claves de conflictos que se vienen sucediendo desde hace tanto, que creo que nos hemos acostumbrado, (como a tantas atrocidades), a vivir con ellos como si fueran lo más natural del mundo, o lo que es peor, como si fueran inevitables, o se los hubieran buscado por su mal comportamiento no occidental. Lo único que quiero decir es que me indigna como se ningunea la vida. Como se quita importancia a que miles de personas, no sepan cómo acabará su día, ni el de sus hijos. Su día a día. Ayer, hoy, mañana cuando se levanten.

En todos los periódicos veo fotos de niños heridos, o muertos. De adultos gritando y corriendo con ellos en brazos, ensangrentados, desmayados o llorando. Los niños de las guerras. Los que luego, si sobreviven, tendrán un motivo para seguir matando. Y muriendo. Perpetuar el horror que vivieron, creyendo que así pagarán los culpables. Convencidos, todavía,  de que las guerras tienen un ganador.

Pero no pagamos. Culpables somos todos los que, sabiéndolo, consentimos que estas cosas sucedan. Los que, en esta era de la información  y la comunicación, no las utilizamos para cambiar las cosas sino para perpetuarlas, pero sí para sabernos, como si fuera la nuestra, la vida privada de los "famosos". Culpables somos los que, como yo ahora, escriben indignados un momento, y al siguiente olvidamos, porque no "podemos" hacer nada, y no sirve de mucho amargarse la vida. Seguramente porque tenemos una vida que poder amargarnos.

A veces, en mis peores pesadillas, me imagino en situaciones así. Cómo se debe sentir una madre con su bebé muerto entre los brazos, en una guerra que, todavía, ni siquiera era la suya. Morir por haber nacido en un sitio o en otro. Sin tiempo para decidir si serás violento o pacífico, tolerante o fanático.

Padres e hijos sin tiempo para jugar, sin tiempo para reír, sin tiempo para enfadarte por las malas notas o porque quiera escabullirse de la ducha. Sin tiempo para enseñarle el nombre de las estrellas en las noches de verano, o cómo se colocan las piezas del puzzle, en las largas tardes del invierno. Sin tiempo material.

He leído esta mañana que se cumple un año de la llegada de la Primavera Árabe a Damasco. Según la ONU, hay más de 7.000 muertos y miles de desaparecidos. Asad sigue aplastando cualquier intento de rebelión. No debe gustarle la primavera.

Y mientras, la oposición intenta su reconocimiento internacional, pero sin poder ponerse de acuerdo en lo mínimo exigible, para ser reconocida como interlocutor por los demás países que estamos asistiendo, impávidos, o casi, a tanta muerte y tanto sufrimiento.

Esta u otra excusa, no se ponen de acuerdo, allá ellos, nos permitirá dentro de un rato, dejar de pensar en eso y dedicarnos a preocuparnos por si lloverá o hará sol, mañana. Y olvidaremos, otra vez, que hay niños que mueren. De hambre, de guerras, de injusticias. Que no habrán de preocuparse del tiempo que hará en Semana Santa, porque lo más seguro es que no tengan un mañana.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Más de lo mismo



Leo algo de Jorge Bucay sobre las relaciones de pareja. He de reconocer, que antes de leerlo tenía algún prejuicio ya sobre el autor. Seguramente porque cuando algo se pone de moda, automáticamente me produce una sensación de prevención, y este hombre anda, últimamente, en boca de todo el mundo.

El libro llega a mis manos, de otras a las que no puedo, ni quiero, rechazar. Es un regalo especial, de alguien especial en un momento especial. Lo leo, tratando de dejar mi prejuicio sobre la mesilla de noche.

Mucho antes de la mitad, ya no sé si estamos hablando de resolver problemas de pareja, o de misticismo hindú (un poner...). Odio la grandilocuencia. Cuando la gente empieza a irse por las ramas de las frases hechas (necias), y hermosas pero vacías, a la hora de resolver un conflicto. Me pongo de mal humor.

¿Qué se supone que tengo que entender, cuando teniendo problemas con mi pareja (porque se deja el tubo de pasta de dientes abierto sistemáticamente, o dedica todas sus horas libres al baloncesto, o no recuerda el aniversario de mi tía Juanita, o no nos entendemos en la cama, o tiene una amante...), alguien me dice que tenemos que "crecer" juntos? ¿¿Crecer?? ¿¿A lo largo, a lo ancho?? ¿¿Crecer el pelo, las uñas, las piernas, la paciencia??

Una de las cosas que más me gustan de mi profesión es resolver conflictos. Dar con un nudo y deshacerlo. O, mejor dicho, apuntar cómo podría hacerse si el dueño del nudo está de acuerdo. Pero siempre partiendo de la base de que los dueños de los nudos no son masocas y si tienen el nudo, es porque no saben cómo deshacerse de él. Así es que de poco serviría que yo dijera con una voz acariciante y aterciopelada -"Deshazlo, deshazlo..."- A lo peor me equivoco, claro. Y lo único que necesitaba el interfecto era una orden sin instrucciones. Pero me da que no.

Todos queremos crecer (a lo largo si puede ser), menos Romay seguramente, y no creo que nos sirva de mucho repetir la palabrita veinticinco veces al día, cuando realmente sabes que estás por debajo de la talla mínima... Algo más concreto, aunque también, seguramente, mucho menos poético, como una dieta detallada, poner en remojo los pies por la noche, o las instrucciones precisas para estirarse en el potro, incluso, a mí me parecerían de más utilidad en esos casos.

A lo peor es que no he "crecido" yo bastante. Prosaica soy, por dios...

Hay una nueva hornada de terapeutas (casi todos derivados del psicoanálisis y desembocados en cosas mucho más extrañas todavía, y exceptuando siempre a los buenos profesionales, que los hay en todas las escuelas), que nos quieren hacer crecer a toda costa sin darnos el método. Eso está bien porque si no funciona, siempre puedes decir que el paciente no lo estaba haciendo bien, y así uno no sería el responsable del desaguisado.

Leer hermosas palabras sin más, funciona en un porcentaje mínimo de casos, y siempre que no sean realmente problemáticos, o estemos hablando de personas de mente absolutamente privilegiada. Al común de los mortales con problemas y con cabezas normales, todo eso no les sirve para nada, y encima, acaban teniendo un concepto de los terapeutas que tiene mucho que ver con profesionales de la tomadura de pelo por palabras. Y pagamos justos por pecadores. Para variar.

Por supuesto que hay de todo, como en botica, pero últimamente no dejo de ver por todas partes, charlatanes con barba y chaqueta de cuadros que fuman en pipa, y poco más. Todo con mucha elegancia y mucho karma y escribiendo muchos libros que luego firman en El Corte Inglés. U similar.

A lo peor me estoy poniendo plomo con el tema, pero es que, cada vez aguanto menos a los advenedizos que van de iluminados.

Rebelada me tienen...

domingo, 18 de septiembre de 2011

La moto


Qué ganitas tengo ya de que se acabe la campaña, que se supone que no ha empezado todavía. Porque por más que me lo propongo, por más que cuento hasta 98.675.645.342.475 al final, me termino cabreando siempre.

Vamos a ver, señores del poder y aspirantes: Que, pese a sus esfuerzos por convertirnos a nosotros y a las generaciones futuras en idiotas, todavía podemos pensar solos y sacar conclusiones. Que, se les olvida siempre, el poder es nuestro y no suyo (ni de la tele, vamos), y que deberían agradecernos nuestra paciencia y no tirar más de la cuerda, que estamos ya morados, con tanta tensión, real o convenida.

Que digo yo que si se puede reducir el paro siempre en épocas electorales, (recuerdo la promesa anterior de Zapatero de reducirlo al 7%. No sé si reírme o echarme a llorar), sería bueno explicar por qué no se ha hecho hasta ese momento. Y lo mismo con la subida de las pensiones, o con la creación de empleo estable. Y qué decir de la reforma de la enseñanza, que todo el mundo político coincide en que hay que acometer, pero que cada cual, cuando le toca, la acomete con nocturnidad y alevosía, dejándola para el arrastre de una a otra legislatura. Y así andamos, con un nivel por debajo de la media europea en comprensión de lectura de nuestros estudiantes (y aquí, en Andalucía, la media es inferior, todavía, a la media del resto del país), que digo yo que será por eso que nos van a televisar “El Debate”, porque no entendemos bien lo que se publica escrito.

Y los aspirantes, llegan amenazando con quitar derechos civiles y sociales a colectivos que, aunque les parezca mentira, están compuestos por personas también.  Con la orientación sexual que les dé la gana, oiga, que para eso es suya. Miedo me dan cuando se erigen algunos en sabedores de lo que es “natural” y lo que no lo es. ¿Y si un día, lo natural es la familia de cuatro miembros (dos de ellos, los mayores, por supuesto de distinto sexo) y un perro? Con lo que ensucian los perros el sofá, que lo tengo blanco. Y a ver dónde voy yo, a estas alturas, a por el miembro que me falta.

Hasta estas familias “naturales” se indignan cuando no llegan las ayudas de la famosa Ley de Dependencia, o cuando no pueden pagar la hipoteca, inflada como un globo, por la falsa boyante economía de la legislatura anterior y la presente. O cuando esperan y esperan y esperan y esperan, para acceder a un especialista que les dedica tres minutos para mandarles una prueba que hay que volver a esperar y a esperar y a esperar, antes de esperar de nuevo para que nos la interprete y nos mande algo que nos alivie por lo menos. Eso si no te mueres antes, que casos se han dado para la historia. En esta y en la otra legislatura. Y los que se darán. Podría seguir, pero seguro que seguís solos.

Vale que la democracia es el mejor de los malos sistemas de gobierno, hasta ahí estamos, y yo, el día que toque iré a votar, seguramente en blanco. Porque es mi derecho y mi deber, si luego quiero escribir cosas como estas. Pero de eso a comprarles la moto…

domingo, 16 de enero de 2011

En ocasiones veo muertos...



Hace un mes, aproximadamente, empezaron a salirme unos puntitos rojos por el cuerpo, algo mosqueantes. Como sé que soy rara hasta para las alergias, y conozco a los médicos como para haber tenido dos hijos con uno, y ninguna fe en la medicina, decido no hacerme ni caso y pasar del tema.

Pero como sea que cada vez me parecía más a un traje de gitana que empezaba a mosquear al personal, y a instancia de mi hija que amenazó con retirarme la palabra si no iba a vérmelo, decidí pedir cita en un derma de renombre, porque ya que una, va y se decide, qué menos que el susodicho tenga referencias.

La enfermera, encantadora, me llama por mi nombre y me abre la puerta del despacho. El médico, levanta los ojos levemente del ordenador portátil al sonido de mi saludo, y vuelve a ensimismarse en la pantalla. Ni flores. Me siento sin saber muy bien si es que es sordo, o es que hablo muy bajito. Decido no darle importancia, y espero, paciente (nunca mejor dicho).

Calculo que habrán pasado una docena de arcángeles, lo menos, cuando oigo un susurro que me pregunta, por supuesto sin mirarme... Nombre, edad y dirección. A punto estoy de decirle que no quiero que me escriba una carta, pero en vez de eso, contesto educadamente a las tres preguntas. Me empiezo a ver saltando por encima de la mesa y zarandeándolo. Trato de despejar la mente y concentrarme en lo que supongo que me va a preguntar.

Pues no. Silencio. –“No me pican”- le espeto, valiente y algo cabreada, al rato. Silencio. -“No he tenido fiebre y no tomo ninguna medicación”- insisto. Silencio. –“No he cambiado de gel, ni de cremas, y no tengo ropa nueva”- digo, ya a punto de matarlo. No se inmuta. Estoy por pellizcarme por si es un sueño, o un viaje astral, o algo.

Se levanta y oigo: -“Pase aquí” – Obediente y aprovechando que acabo de comprobar que no es un robot, me levanto y lo sigo. Levanta las manos como si yo estuviera atracándolo y deduzco, sin su ayuda, que quiere que haga lo mismo. Lo hago. Me siento como en la guardería. Me mira las manchas a través de la lupa, de lejos. Por un gesto de su índice, creo que quiere que me levante la camiseta, trato de no poner cara de ¿¿¿selehacomidolalenguaelgato???, y me levanto la camiseta. Gira el dedo en redondo, y yo giro. Ahora sé cómo se sienten los caniches en el circo. Solo que yo, encima, ni tengo galleta… (aunque ardo en deseos irrefrenables de darle yo una...)

No puedo más y le digo con toda la sorna de la que soy capaz: -“ No es contagioso, mis hijos son dos lapas, estése tranquilo...” (¡Ja, cómo si estuviese nervioso!).  Yo, ya no estoy segura de si estoy en la consulta de un dermatólogo, o en un monasterio Tchao-Li, delante del maestro.

Vuelve a la mesa, y en un esfuerzo sobrehumano hilvana una frase completa que casi me pierdo de la emoción. – “Cuando tenga los resultados de los análisis, los manda por fax, llama por teléfono, y ya veremos”. Yo estoy tan asombrada todavía por todo lo que me ha dicho del tirón, que no reacciono. Da igual, no hay prisa. A continuación, exhausto, supongo, tarda tres minutos de reloj en doblar en tres partes idénticas, el papelito de la prescripción antes de alargármelo por encima de la mesa. A estas alturas, estoy ya convencida de que padece narcolepsia y que me veré obligada a despertarlo de un alarido, de un momento a otro. En cuánto se le caiga la cabeza sobre la mesa...

Ya en el portal, me aseguro en el espejo de que estoy, de que no soy una presencia ectoplasmática. Se me ve. Palabra. ¡Qué susto!

En ocasiones, veo dermatólogos muertos...

jueves, 6 de enero de 2011

De chivatos y de humos



Si el otro día me hacía un montón de preguntas difíciles y no tenía claras las respuestas, ni las soluciones a los conflictos internos, hoy casi tengo la seguridad de que alguien, con bastante menos escrúpulos que yo, ha decidido que somos tontos y que es mejor pensar por todos nosotros y tomar las riendas de nuestra vida. Para mejorarla, claro, por nuestro bien, que nos decían de niños. Y para muestra, el botón del tabaco. Pero sólo como muestra, hay muchos más.

Ahora va a resultar que el tabaco y sólo el tabaco, es el monstruo de tres cabezas que amenaza los sueños de los niños, el verdadero responsable del hundimiento de la economía mundial, la muerte en forma de humo (pero sólo del cigarrillo, oiga), y la reencarnación del Anticristo que ha venido a este mundo miserable, a poseernos a todos y convertirnos en pequeñas reproducciones de Lucifer,  humeando todavía los azufres del Infierno. Venga ya, hombre, que no me da la gana de comprarles la moto.

A ver si va a resultar que el agujero de la capa de ozono es por culpa de los malditos cigarrillos, y el hambre en el mundo es porque fumar adelgaza, y la escandalosa corrupción moral de algunas clases de individuos es porque el tabaco corrompe los pulmones y el resto del organismo se contagia, o el fanatismo religioso se explica ahora por el mono de la nicotina.

Que no. Que gracias, pero sé pensar sola. Que si no quiero humo, voy a sitios donde no se fume, que los había ya, pero no tengo forma, por ejemplo, de no respirar el humo de los coches, salvo que salga a la calle con mascarilla y botella de oxígeno a la espalda.

Que nadie me obliga a comprar tabaco si no quiero, ni a fumármelo, que en las cajetillas hace tiempo que nos avisan a lo bestia de que fumar mata, así es que, como sé leer, si quiero matarme, lo hago con conocimiento de causa. Curiosamente nunca he leído eso en la carne de ternera o de pollo, hormonada, o lo que sea que esté. Que está, y si no que me expliquen porqué se me llena la sartén de agua al cocinarla. Ni en los transgénicos, de los que nuestro país es uno de los mayores cultivadores. Ni en las casas que tienen cerca una antena de alta tensión o una de telefonía móvil de las que todavía no se conocen (o no se han dado a conocer) sus efectos. Qué cosas, oye.

Que mi vida es mía, por lo menos a priori, y que es mi privilegio vivirla como me de la gana, siempre que no perjudique al resto, y ya me dirán ustedes qué sistema de ventilación tan espectacularmente malo han de tener nuestros hospitales, si porque yo esté fumando en la puerta, les llega mi humo (el mío, el de los coches no) a los pobres enfermos ingresados y obligados por mi mala cabeza, a tragar las porquerías, que esa es otra, que se desprenden de mi cigarrillo. Otro poner.

Y para que me dé ya el pipiherbe completo, tengo que tragarme que el alcohol, bebido moderadamente es muy sano. Que sí, que no te enteras. Que un vasito de vino al día, alarga la vida. Y que ellos (y ellas) fabrican bebidas espirituosas, contando con tu sentido común y tu buena cabeza nopensante. Así es que, por esa regla de tres, los únicos que no son capaces de controlarse adecuadamente son los fumadores, que andan de un lado para otro poniendo al personal perdido de humo y sin ningún autocontrol.

Y que nadie me venga con los “pasivos”, que a ver si no soy yo “pasiva” de los botellones, los destrozos en la vía pública y los graciosos con el “puntillo”. Eso por no nombrar al gobierno (gobierna) que nos ha tocado. A ver si no soy yo “pasiva” suya. Y no delato a nadie. Y menos sin decir quien soy.

Podría seguir, pero me parece todo tan evidente, que me canso sólo de pensarlo. No sé qué clase de mundo estamos construyendo, pero lo que sí sé, es que cuanto menos pensemos, más fáciles seremos de gobernar. En el más amplio sentido de la palabra.

Hace años que el invento de las cortinas de humo ( del tabaco, naturalmente) encandilo a según quienes, y abrió una senda más peligrosa que la de los elefantes. Iba a decir que no quiero ni pensarlo, pero eso es precisamente lo que ellos (y ellas, por dios), quieren, así es que, con su permiso, o sin él, me lo voy a pensar.
A menos que los chivatos me denuncien por hacerlo. Anónimamente, por supuesto.

¿Que no? Esperad a ver como, dentro de nada, será denunciable por los nopensadores, pasivamente agredidos por el "pensamientonoatontadordelaconciencia" ajeno. Y si no, al tiempo.

¿A nadie le suena haber leído esto en alguna novela premonitoria del mundo feliz que nos espera? Lagarto, lagarto...

domingo, 5 de diciembre de 2010

El bien y el Mal



En estos tiempos de pensamiento engañosamente liberal, en los que todo vale, parece que nadie se atreve a decir que esto está mal, o aquello, bien. Es cierto que la mayor parte de los conceptos del bien y del mal, han demostrado ser relativos a lo largo de los tiempos. Pero más por conveniencia social, política, o económica, que por otra cosa.

Desde que decidimos abolir el infierno eterno (ojalá que no unilateralmente), todo se nos ha vuelto tan relativo, que nadie se atreve a ponerle límite a las cosas, so pena de convertirse en carca y cuasi nazi, para los gurús del pensamiento moderno. Lo peor que se puede decir, es que esto no se hace porque está mal. Sin más.

El código moral de la conducta, el que nos dicta la mayoría de las veces y sin tener que preguntar mucho, lo que está bien hecho y lo que no, ha pasado a mejor vida de golpe, sin avisar, y algunos, como yo, todavía no se acaban de hacer a la idea de su pérdida.

Ahora necesitamos justificar hasta el infinito, no vayan a pensar de nosotros que somos antiguos o cosas peores, la prohibición de algo. Y a mí me parece que, si eso es lo que nos queda del Mayo del 68, está claro que nos hemos perdido alguna clase.

Para estar al día, hay que ser permisivo con toda clase de conductas, y si me apuras, un poco perverso también. Es tan divertido…

Explicarle a niños de 3 años, las razones filosóficas por las cuales no es recomendable correr con una piruleta en la boca, por ejemplo, o a los niños de 15, los fundamentos teóricos de las consecuencias hipotéticas a largo plazo, del botellón indiscriminado en las plazas públicas, hasta las 8 de la mañana, es lo menos que cualquier persona guay debe hacer. Cualquier cosa menos decir que eso está mal. Faltaría más. Que no digo yo que sea malo para nadie, explicar las razones de las cosas, pero que estoy convencida de que nos estamos pasando de la raya del sentido común, también.

Nos asusta el mal y hemos decidido desterrarlo. Si no se nombra, no existe. Y a vivir que son tres días y dos nublados.

Por eso, cuando pasan cosas como la del “monstruo de Amstetten”, en Austria, pongo por caso, aunque ya los diarios no hablen de ella, u otras similares,  a todos nos recorre un escalofrío que nos pone todos los pelos de punta, y enseguida, tratamos de tranquilizar nuestras conciencias, buscando una explicación lógica en la psiquiatría. Son enfermos, seguro, nos decimos, y volvemos a respirar tranquilos.

Pero hay veces, en las que no se encuentran razones lógicas y tranquilizadoras, ni siquiera médicas, para explicar el sadismo, el narcisismo, el abuso de poder y otras características de algunas personas, para causar sufrimiento a otras. No hay razones. Lo hacen porque quieren hacerlo, porque no les importa el dolor ajeno, porque están por encima de los conceptos del bien y del mal. Casi como nos quieren hacer creer que estamos todos en alguna medida.

Lo malo existe. Sin locura, sin compasión, sin empatía, sin arrepentimiento. Y vive entre nosotros. Exactamente igual que lo bueno.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ella soy yo


Ayer fue uno de esos raros días en que llovió en Málaga. Cuando iba hacia el despacho después de comer, con mis botines cerrados y mi impermeable, vi., a lo lejos, la figura de una mujer anciana resguardándose, ella y sus pertenencias, de la lluvia, en la puerta de una iglesia cerrada. Soy miope y no podía apreciar bien, a esa distancia, la edad real de la mujer.

Pensé, con pena, que llegaba el invierno para todos (yo lo odio), pero para los sin techo, más que para otros.

Pasé toda la tarde trabajando, a resguardo y sin acordarme de nada, disfrutando a ratos de la tormenta monumental que descargó a última hora. Porque soy así de rara, y me encantan las tormentas, y tenía que hacer esfuerzos por no saltar de la silla y asomarme a la ventana cada vez que se veía el resplandor de un relámpago. Pero soy una profesional seria, o debo parecerlo…

Al salir, alrededor de las nueve y media, ya no llovía, pero las calles estaban desiertas y mojadas, y al pasar bajo los árboles, empapados aún, caían gotas de esas que entran por el cuello de la gabardina y te dejan todos los pelos de punta de repente. Una noche de otoño, preludiando la que nos espera dentro de nada.

Al doblar una esquina, volví a verla. Estaba a cubierto de las gotas asesinas bajo el toldo verde de un kiosco de periódicos, que cubría, escasamente, su cuerpo menudo, su carrito del súper y sus múltiples bolsas de plástico.

Vista de cerca era muy menuda, me sobrecogieron su palidez y sus ojos azules. Parecía una dama de camafeo antiguo, delicada y hermosa. Rondaría los 80 años. Lo que más me impresionó fue su fragilidad y su desamparo en mitad de la noche.

Por una décima de segundo pensé en llevármela a casa a dormir, pero no tuve el valor de pararme y decírselo. Seguramente me hubiera tomado por loca asesina de ancianas vagabundas. Yo lo hubiera pensado. Después pensé en llamar a la policía, pero tampoco me atreví por si era peor el remedio que la enfermedad.

Seguí andando y la dejé a mi espalda, debajo del toldo en mitad de la noche, con una punzada de dolor y otra más grande de vergüenza. Por irme, por abandonar.

Pero lo peor, lo que más me avergüenza, es que, hasta hace un rato, hoy que ya es otro día, no había vuelto a pensar en ella. Que cuando llegué a mi casa, cubierta, cálida y familiar, la olvidé por completo y me dormí como si tal cosa. Como si todo estuviera bien en el mundo. Como si mi mundo y el suyo no fueran el mismo mundo.

Hoy que hace sol, me conformo sabiendo que no se mojará, que no pasará frío, que el invierno le da una tregua todavía. Y ya. Sin más.

No quiero ser la que fui la otra noche, no quiero olvidar lo que no me pasa a mí, sólo porque tengo la suerte de que no me pase. No quiero creer que lo que no me pase a mí o a los míos, no es importante. No quiero creerme que yo no soy parte de ella. Que todos somos ella. No quiero ser cobarde, individualista y lejana.

Ayer fui todo eso, y no quiero perdonármelo y dar media vuelta en la cama con la sensación de tener las manos limpias, porque no las tengo. No sé si la vida me dará la ocasión de rectificar, ojala que sí. De momento, hoy no me gusto nada.