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jueves, 18 de septiembre de 2014

Otoño



Me tienta volver. Me tienta y me asusta a partes iguales. Tal vez, si pudiera tomármelo como un respiro y no como una responsabilidad, ni un compromiso... Pero me conozco. O tal vez ya no. A ratos no sé quien es esa mujer en la que me cuesta tanto reconocerme.

Han cambiado tantas cosas, que ya no sé qué queda de la que era yo cuando escribí aquí la última vez. Puede que eso no sea malo, pero, será porque soy Virgo y no me gustan nada los cambios, me cuesta hacerme a lo nuevo. Mucho más ahora que me siento tan vieja y tan cansada, que sólo me apetece esconderme en el recuerdo de lo conocido, e irme a dormir debajo de mi cama unos cien años.

No sé si es buen momento, si resultará peor el remedio que la enfermedad. Si me arrepentiré de esto tras este post, y volveré al mutismo de estos últimos años. Ahora ya no sé nada de nada con seguridad y eso me asusta tanto o más, que la certeza estúpida que tenía antes sobre tantas cosas.

Que nadie se crea que esto es renacer de las cenizas, todo lo contrario, lo más seguro es que sirva para hacer arder del todo, lo que quede de mí.

El otoño, ese que siempre me pone un nudo en la garganta, está a la vuelta de la esquina, y yo estoy aquí, a la intemperie, esperando que empiece, con todo el pavor y la esperanza que soy capaz de sentir.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Primaveras



Nos acostumbramos a todo. Al ruido, a las injusticias y a la muerte. Vemos el telediario mientras comemos, y seguimos comiendo, independientemente de que nos hablen y nos enseñen a la princesa del pueblo, a los rehenes de la guerrilla colombiana,  un vídeo de violencia escolar, o campos de refugiados. Da igual. Sólo así me explico que puedan pasar cosas como las que están pasando ahora mismo en Siria, por ejemplo.

No soy una experta, como comprenderéis, ni en Oriente, ni en Occidente. No sé, aunque lo intuyo, (seguramente porque los humanos no somos tan distintos unos de otros, aunque nos separen muchos kilómetros), qué clase de odio heredado puede llevar a la gente a matarse con esa saña. Sin descanso, sin tregua y sin perdón, por ninguna de las partes. A estas alturas ya, odio, dolor y miedo, en forma de venganza, hábilmente manipulada por los que tiran de los hilos. Y, seguramente, muchos intereses lejanos y ocultos.

No voy a tratar de explicar las claves de conflictos que se vienen sucediendo desde hace tanto, que creo que nos hemos acostumbrado, (como a tantas atrocidades), a vivir con ellos como si fueran lo más natural del mundo, o lo que es peor, como si fueran inevitables, o se los hubieran buscado por su mal comportamiento no occidental. Lo único que quiero decir es que me indigna como se ningunea la vida. Como se quita importancia a que miles de personas, no sepan cómo acabará su día, ni el de sus hijos. Su día a día. Ayer, hoy, mañana cuando se levanten.

En todos los periódicos veo fotos de niños heridos, o muertos. De adultos gritando y corriendo con ellos en brazos, ensangrentados, desmayados o llorando. Los niños de las guerras. Los que luego, si sobreviven, tendrán un motivo para seguir matando. Y muriendo. Perpetuar el horror que vivieron, creyendo que así pagarán los culpables. Convencidos, todavía,  de que las guerras tienen un ganador.

Pero no pagamos. Culpables somos todos los que, sabiéndolo, consentimos que estas cosas sucedan. Los que, en esta era de la información  y la comunicación, no las utilizamos para cambiar las cosas sino para perpetuarlas, pero sí para sabernos, como si fuera la nuestra, la vida privada de los "famosos". Culpables somos los que, como yo ahora, escriben indignados un momento, y al siguiente olvidamos, porque no "podemos" hacer nada, y no sirve de mucho amargarse la vida. Seguramente porque tenemos una vida que poder amargarnos.

A veces, en mis peores pesadillas, me imagino en situaciones así. Cómo se debe sentir una madre con su bebé muerto entre los brazos, en una guerra que, todavía, ni siquiera era la suya. Morir por haber nacido en un sitio o en otro. Sin tiempo para decidir si serás violento o pacífico, tolerante o fanático.

Padres e hijos sin tiempo para jugar, sin tiempo para reír, sin tiempo para enfadarte por las malas notas o porque quiera escabullirse de la ducha. Sin tiempo para enseñarle el nombre de las estrellas en las noches de verano, o cómo se colocan las piezas del puzzle, en las largas tardes del invierno. Sin tiempo material.

He leído esta mañana que se cumple un año de la llegada de la Primavera Árabe a Damasco. Según la ONU, hay más de 7.000 muertos y miles de desaparecidos. Asad sigue aplastando cualquier intento de rebelión. No debe gustarle la primavera.

Y mientras, la oposición intenta su reconocimiento internacional, pero sin poder ponerse de acuerdo en lo mínimo exigible, para ser reconocida como interlocutor por los demás países que estamos asistiendo, impávidos, o casi, a tanta muerte y tanto sufrimiento.

Esta u otra excusa, no se ponen de acuerdo, allá ellos, nos permitirá dentro de un rato, dejar de pensar en eso y dedicarnos a preocuparnos por si lloverá o hará sol, mañana. Y olvidaremos, otra vez, que hay niños que mueren. De hambre, de guerras, de injusticias. Que no habrán de preocuparse del tiempo que hará en Semana Santa, porque lo más seguro es que no tengan un mañana.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Navidad (Grrrrrr...)



Atravieso el Parque deprisa, como siempre (hay quien dice que yo no ando, hago la instrucción...), con las manos hundidas en los bolsillos y el cuello del abrigo hasta las orejas.

Hago un esfuerzo por no ver las luces brillantes de Navidad colgadas por todas partes. Inútil, Málaga es una antorcha.

A todo lo largo de la acera derecha del Paseo, puestos de regalos y figuritas. Bullir de gente comprando, mirando, paseando. Bufandas y niños por todas partes. Olor a algodón de azúcar y a castañas asadas. Pena en el alma.

Como voy de autista, deseo para mí misma no encontrarme con nadie conocido. No estoy para sonrisas, ni para buenos deseos. Además, hace un frío que pela para pararse.

Este año no quiero Navidad. La marabunta de cajas que es mi casa, me ha dado la excusa perfecta para no tener que adornar nada. Por primera vez en mi vida. -Alguna ventaja tenía que tener esta mudanza de locos-, pienso. Desearía estar lejos y sola. Y dormir hasta el 7 de Enero de algún año de estos.

Se me va la cabeza al recuerdo de dos de las personas que más he querido en mi vida, y que no estarán conmigo este año negro. Unas mueren, otras las matamos para que puedan seguir viviendo tranquilas. Paradojas de la vida. Mierda.

Oigo mi nombre y alguien me tira de la manga. Maldición. Me trago la lágrima que llevaba camino de salirse y abrazo, sonrío y deseo felices fiestas, porque mi madre se gastó una fortuna en educarme, y desde donde quiera que me esté viendo, se estará mondando de risa y diciendo: "qué rarita eres, hija mía..." Debo ser rara, sí.

Cruzo el semáforo de la Diputación mirando la Manquita de reojo, para no empezar otra vez con las nostalgias. Mi hija me espera sonriendo. Está tan guapa que me emociona. Mis hijos son lo mejor que he hecho en mi vida. Casi no me creo que sean míos...

Me abraza en mitad de la calle y me dice: "¿Has visto qué bonito está todo?, ¿dónde vamos?, no me dirás que tienes frío, hace una noche estupenda..."

He dejado de sentirme los pies hace rato, y la punta de la nariz, y lloro por el ojo izquierdo que tiene vida propia, pero sonrío, socarrona y asiento: "Sí... talmente Agosto..."

Me coge del brazo y echamos a andar. Y cuando apoya su cabeza en mi hombro (agachándose, claro) y dice "Mami...", bajito, sé que adornaré las cajas, que compraré regalos, y que, probablemente acabe tocando la botella de anís con la cuchara en casa de Sofi, para que se monde Clara. Y ella, y todos. Y sé que la vida sigue y es Navidad, y que no puedo pararme ni dejar de tirar del carro. 

Aunque el ojo derecho también me llore, y el corazón esté con los que no están. Porque están en mí.

Feliz Navidad a tod@s


domingo, 10 de julio de 2011

Domingos



No estoy segura de cuantos años podría tener el primer domingo que me pareció triste, pero no podían ser más de seis, porque lo recuerdo en brazos de mi abuela, llorando desconsoladamente sin poder explicarle el  porqué.

Lo único que sé seguro es que, desde entonces, no soy capaz de recordar un sólo domingo de mi vida en que no haya tenido esta sensación, mitad susto, mitad pena, que me hace odiarlos, y que se acentúa progresivamente con el paso de las horas, hasta hacerme este nudo en el estómago, como de mal presagio, que tengo al escribir ahora. Ya no lloro, pero exclusivamente porque sé que no sirve de nada.

Es curioso cómo se graban a fuego algunas sensaciones. Y es curioso cómo se transmiten sin querer. Esta tarde trataba de explicarle a mi hija, que las cosas que alguna vez nos parecieron peligrosas y que después dejaron de serlo, es posible, sin embargo, que al tenerlas cerca, nos sigan provocando sensación de miedo, aún cuando ya hayamos aprendido a defendernos de ellas y sepamos seguro, que son inofensivas.

Recuerdo domingos terribles, después de aquel primero, aún niña, en los que la sensación era tan fuerte que me hacía vomitar al caer la tarde. Domingos de mi juventud, en los que nada parecía tener salida, ni mi corazón consuelo. Domingos de hace diez, o quince años, en los que disimulaba el miedo y la tristeza hasta que todos estaban ya en la cama, y yo tenía que apretarme la boca contra cualquier cosa para no gritar. A veces había motivos, muchos motivos. Y todos parecían concentrarse en ese día de la semana.

El miedo es como una mancha de alquitrán, se desliza silenciosamente y sin darte cuenta va pegándose a todo, dejando un rastro negro difícil de borrar completamente. Hace tanto que esa sensación y yo nos conocemos, que ya ni me pregunto qué habría sido mi vida sin ella. Yo he aprendido a ignorarla en la medida de lo posible en la práctica, y ella se suaviza a épocas, sin llegar a desaparecer nunca del todo.

A su pesar seguramente, he conseguido no ser una persona triste ni cobarde, aunque tenga miedo. O mejor dicho, porque tengo miedo, sin él, la valentía no existe siquiera. Así es que, finalmente, soy también el resultado de mis miedos y de mis guerras contra él, por lo que, lo que sea que soy, también tengo que agradecérselo.

Pero ese reconocimiento, no me impide odiarlo. Supongo que su amor por mí es y será eterno, y que seguiremos conviviendo pacíficamente toda la vida.  Especialmente los domingos, malditos domingos como este en los que la angustia de vivir acaba no dejándome respirar.

sábado, 11 de junio de 2011

In Memoriam


No te echo de menos, hoy, más que cada día, pero si más triste, sí más enfadada con el mundo, sí más consciente del hueco que llenabas. Creo que he encontrado la frase perfecta para recordarte hoy, a ti que eras, como yo, un enamorado del cine. A ti, que me confesaste una vez que nunca te había querido nadie como se quería en las películas.  Que echabas de menos esa clase de amor. ¡¡Toma, y todos!!- te dije, con sorna. No, es en serio, me dijiste tú. Y descubrí que quizá sí, que quizá estabas esperando en serio un amor como aquellos. Que me lo decías sin el menor atisbo de cinismo, y con algo de desamparo. Sin ninguna posibilidad de encontrarlo, pero esperando. Y, de golpe, supe por qué me inspirabas tanta ternura a veces. Como esa vez.

Yo, que debí ser la única mujer a tu alrededor que nunca estuvo enamorada de ti, (por eso, quizá, nos quisimos tan bien como nos quisimos), te dedico hoy esta frase de una de las más hermosas historias de amor del cine universal.

" Acoge el alma de tu hijo Denys Georges Finch Hatton que has compartido con nosotros. Nos dio alegría y le quisimos mucho. No nos perteneció. No me perteneció. "

Memorias de África.

Te sigo echando de menos cada día, yo tampoco me bajo del caballo. No nos olvides, donde quiera que estés.

domingo, 23 de enero de 2011

La Finca



Olía a la finca. Bajando por el carril de tierra, entre higueras y olivos, antes de verse la casa de Librado y la nuestra al fondo, yo podía ya oler La Finca, y oía a Morito ladrar. Ramona decía que días antes ya estaba inquieto, que corría hasta la carretera al menor descuido, y que había que acabar atándolo para que no llegara a buscarnos a Madrid.

Cuando el coche frenaba para bajar el carril, yo tenía la misma sensación en el estómago que tengo ahora cuando llego al destino de cualquier viaje: miedo, excitación, cansancio y sobre todo el deseo de seguir, de que nada cambie, de no parar... Muchas cosas indescriptibles con palabras.

Sólo un bañador de chico y un penacho de plumas indias en la cabeza, esa era yo todo el verano. Impresionada por la navaja de Librado, que cortaba los tomates, enormes, por la mitad, de un sólo tajo. Y yo me los comía, con sal, orgullosa de no necesitar más que mis dientes. Feliz de poder achuchar a Morito y oler a perro, y coger peras, y cortar alfalfa para las conejeras con una hoz pequeñita que me dejaba Ramona, desobedeciendo a mi madre. Tranquila porque no había horarios, ni deberes, ni rezos, ni ropa, ni lenguados para cenar.

El amarillo de las manzanas y de los membrillos, el verde plata de los olivos, el rojo carmesí de la Rosaleda y el zumbar de las avispas entre las parras de la lonja, es lo que más recuerdo. Y el olor a limo del río. Después de todo lo que pasó, no he podido superar ese olor con el tiempo, y me sigue dando ganas de vomitar.

Volví hace unos años, 25 después de la muerte de mi hermano Javier. Nadie había vuelto desde entonces. No quedaba nada. Un montículo sobrecogedor de escombros, sobre lo que fueron muchos veranos de mi niñez y buena parte de las raíces de mi familia.

Ni un manzano, ni una higuera, nada. Un viento repentino me trajo unas risas del río. Cerré los ojos y la vi. Una niña salvaje, casi desnuda y con un penacho de india en la cabeza, me decía adiós con la mano. Hubiera querido llevármela y protegerla del futuro, pero no pude.

Se me fue perdiendo, despacio, en la línea brillante del horizonte. Lloré mucho rato sobre los escombros, que no olían a nada.

domingo, 2 de enero de 2011

El puente de seis carriles


Es curioso como los seres humanos tratamos de darle sentido a las cosas. Supongo que porque asomarse al precipicio de que no lo tuvieran, sería demasiado peligroso.

¿Por qué pasan unas cosas y otras no? ¿Por qué a unos sí y a otros no? ¿Para qué? ¿Con qué objetivo?

En los semáforos, en el autobús, por la calle, en el despacho, mires donde mires, sólo se ven individuos como tú. ¿Qué buscan en la vida? ¿Qué los asusta, qué les hace reír? ¿En qué habrán puesto sus ilusiones y sus esperanzas? ¿Habrán encontrado suficientes respuestas como para no morirse ahogados entre las preguntas?

Vistos desde arriba, debemos formar una colonia curiosa. Nacer, reproducirse y morir. Qué terriblemente fácil es resumir la vida. Como las abejas, durmiendo en celdas, recorriendo pasillos. Obreros, zánganos y reinas. Cada cual a lo suyo. Cada cual dándole forma al todo. Sí, pero ¿para qué? Nacer, reproducirse y morir.

Sólo nos hace distintos la conciencia. La conciencia del proceso que todos los demás seres vivos recorren sin hacerse preguntas.

Jamás he sido capaz de contestar mis preguntas con respuestas de otros. Supongo que por eso, hace tiempo concluí que nada de esto tiene más sentido que el que cada uno le quiera dar. Que no existe un "sentido" más allá de la propia necesidad de tenerlo.

Y como mi necesidad no incluye la trascendencia, el sentido de mi vida es temporal y tiene que ver con las necesidades de aquellos que quiero. Es un sentido egoísta y pequeño, porque solo me da para dormir algunas noches sin sentir el vértigo de los porqués.

Es un sentido cotidiano, parecido a un catering, que incluye cubrir las más variadas necesidades externas de los que amo, y sus demandas internas. Seguramente más allá de lo que me correspondería, e incluso más de lo que necesitan realmente.

Alguien querido me llamó una vez la mujer no conflicto. Y no porque yo carezca de ellos, al revés. Si no porque soy incapaz de ejercer de "miranda" y no intervenir, si sé que alguien de los míos los tiene y sufre.
Si yo pudiera pedir un deseo en la vida, seguramente el genio acabaría, como el del chiste, construyendo un puente colgante de seis carriles entre América y Europa. Porque lo que yo deseo es mucho más difícil que eso.

Si yo pudiera pedir un deseo, borraría del interior de los que quiero la conciencia de su propio proceso de vivir. Les quitaría el miedo que a veces nos hace tiritar en medio de una noche de verano. O les regalaría conformidad con las respuestas a las preguntas.

Pero no tengo ni idea de cómo hacer eso, y desear que sigan siendo personas al mismo tiempo.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Alerta, volamos!

Oigo por la tele que estamos en alerta máxima por fuertes vientos. Me dan un alegrón, me encanta el viento. Lo prefiero templado, claro, pero por lo menos no me encontraré con esa calma, húmeda y fría, de todos los días.

Busco el plumón más largo que tengo, los guantes y la bufanda, y salgo a la calle encantada de la vida, camino del despacho. Son las seis. No hay un alma. !Exagerados!- pienso. Tampoco es para tanto. Algunos restos de periódicos revolotean por el suelo, y se ve alguna bolsa elevarse en el aire como un globo. La gente se asusta por nada- sigo-, machacona y valiente.

Al llegar a la Malagueta, el viento arrecia. Estoy feliz y lloro por el ojo derecho. Siempre me pasa. No cuando estoy feliz, si no cuando tengo frío. Camino con las manos hundidas en los bolsillos y los ojos casi cerrados, luchando contra el viento, que ya está empezando a ser preocupante...

Decidida, enfilo una calle peatonal que da a la playa. Empiezo a dudar de mí misma. Lo mismo es verdad que hay que alarmarse, imprudente- pienso-, pero es tarde y ya estoy dentro, después de dos minutos de reloj tratando de darle la vuelta a la esquina. Si me doy media vuelta, el aire me empotrará contra la pared, así es que sigo, andando como Locomotoro, en ángulo de 60 grados con el suelo. Entiendo de golpe el adelanto de los aviones cuando llevan el viento de cola...

Unos pasos por delante de mí, veo un hombre con una bolsa de súper en cada mano. También va inclinado y corre menos que yo, pero es más grande. Ya podrá... me digo. Debería haberme traído un par de kilos de patatas, o llenarme de piedras los bolsillos, o algo.

Cuando estoy a su altura, y voy a pasarlo, una ráfaga asesina me detiene completamente y me empuja hacia atrás. No puedo creerlo. No soy en absoluto dueña de mi movimiento. Y en ese momento, el hombre da un paso atrás y me grita: "!Póoongase detrás de míiii...¡" Atónita y a punto del ataque de risa, trato de obedecer pero no puedo. El hombre entonces, hace un esfuerzo sobrehumano (yo a estas alturas ya estoy llorando de risa...), me coge por la manga del plumas, y tira de mí.

Yo pido interiormente que, por favor, por favor, no nos esté viendo nadie, descojonado, desde una ventana.

Vuelvo a oír su voz atronadora: "¡Cóooojase a míiii!. No se me salen los ojos de las órbitas porque el aire no me deja abrirlos lo suficiente... Muerta de risa, de vergüenza y de miedo de que esto sea una cámara oculta, trato de facilitarle el trabajo a mi salvador, pero inútil, la poca fuerza que me caracteriza, se esfuma cuando me río.

De semejante guisa llegamos al final de la calle, y haciendo alarde una vez más de su espíritu indomable, y de su evidente predilección por Superman, me da un tirón del brazo, y me pone, literalmente, en volandas, al otro lado de la esquina. Yo, directamente me siento en el bordillo de la acera a llorar de risa. Ya no puedo aguantarme más.

A lo lejos, traída por el viento, oigo su voz una vez más, imperiosa: "¡¡Vaya usted con cuidadoooo!!

Todavía estoy un rato secándome las lágrimas y esperando que salga alguien de un portal, con un ramo de rosas en la mano, llamándome inocente, o algo peor...

Ni siquiera pude darle las gracias. Sirva esto como reconocimiento de la deuda que me une con ese desconocido.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ella soy yo


Ayer fue uno de esos raros días en que llovió en Málaga. Cuando iba hacia el despacho después de comer, con mis botines cerrados y mi impermeable, vi., a lo lejos, la figura de una mujer anciana resguardándose, ella y sus pertenencias, de la lluvia, en la puerta de una iglesia cerrada. Soy miope y no podía apreciar bien, a esa distancia, la edad real de la mujer.

Pensé, con pena, que llegaba el invierno para todos (yo lo odio), pero para los sin techo, más que para otros.

Pasé toda la tarde trabajando, a resguardo y sin acordarme de nada, disfrutando a ratos de la tormenta monumental que descargó a última hora. Porque soy así de rara, y me encantan las tormentas, y tenía que hacer esfuerzos por no saltar de la silla y asomarme a la ventana cada vez que se veía el resplandor de un relámpago. Pero soy una profesional seria, o debo parecerlo…

Al salir, alrededor de las nueve y media, ya no llovía, pero las calles estaban desiertas y mojadas, y al pasar bajo los árboles, empapados aún, caían gotas de esas que entran por el cuello de la gabardina y te dejan todos los pelos de punta de repente. Una noche de otoño, preludiando la que nos espera dentro de nada.

Al doblar una esquina, volví a verla. Estaba a cubierto de las gotas asesinas bajo el toldo verde de un kiosco de periódicos, que cubría, escasamente, su cuerpo menudo, su carrito del súper y sus múltiples bolsas de plástico.

Vista de cerca era muy menuda, me sobrecogieron su palidez y sus ojos azules. Parecía una dama de camafeo antiguo, delicada y hermosa. Rondaría los 80 años. Lo que más me impresionó fue su fragilidad y su desamparo en mitad de la noche.

Por una décima de segundo pensé en llevármela a casa a dormir, pero no tuve el valor de pararme y decírselo. Seguramente me hubiera tomado por loca asesina de ancianas vagabundas. Yo lo hubiera pensado. Después pensé en llamar a la policía, pero tampoco me atreví por si era peor el remedio que la enfermedad.

Seguí andando y la dejé a mi espalda, debajo del toldo en mitad de la noche, con una punzada de dolor y otra más grande de vergüenza. Por irme, por abandonar.

Pero lo peor, lo que más me avergüenza, es que, hasta hace un rato, hoy que ya es otro día, no había vuelto a pensar en ella. Que cuando llegué a mi casa, cubierta, cálida y familiar, la olvidé por completo y me dormí como si tal cosa. Como si todo estuviera bien en el mundo. Como si mi mundo y el suyo no fueran el mismo mundo.

Hoy que hace sol, me conformo sabiendo que no se mojará, que no pasará frío, que el invierno le da una tregua todavía. Y ya. Sin más.

No quiero ser la que fui la otra noche, no quiero olvidar lo que no me pasa a mí, sólo porque tengo la suerte de que no me pase. No quiero creer que lo que no me pase a mí o a los míos, no es importante. No quiero creerme que yo no soy parte de ella. Que todos somos ella. No quiero ser cobarde, individualista y lejana.

Ayer fui todo eso, y no quiero perdonármelo y dar media vuelta en la cama con la sensación de tener las manos limpias, porque no las tengo. No sé si la vida me dará la ocasión de rectificar, ojala que sí. De momento, hoy no me gusto nada.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Frágiles


La primera vez que recuerda claramente que quiso que se la tragara la tierra, tenía alrededor de 8 años, y trataba de demostrarle a su padre el "entrechat quatre", que había aprendido a hacer, a la primera, esa tarde en su clase de ballet, orgullosa, además, de que le hubieran dicho que colocaba los brazos como nadie.

-¡Vaya! Mira qué pato mareado- dijo su padre con una ironía sorda que atravesó el espacio como una flecha envenenada.

Algo le impidió echarse a llorar. Decidió que llorar era peor todavía que ser un pato mareado. Una intuición casi genética, para salvar la vida ante un depredador. Mantuvo la mirada y se tragó las lágrimas hasta que su padre salió de la habitación.

Por dentro, en esa cajita de fragilísimo cristal dónde cada uno refleja su propia imagen, se oyó el primer crujido de una grieta, pero apagó el sonido con el silencio. Nadie lo supo. Jamás volvió a bailar delante de nadie que le importara. Ni a llorar. A fuerza de oír que sus lágrimas eran de Judas, decidió que nadie más las vería nunca. Y lo cumplió.

Después, las grietas sucesivas acabaron destruyendo por completo la cajita, y en su lugar empezó a crecer un agujero negro que se iba tragando, silenciosamente también, cualquier posibilidad de confianza en algo. Cualquier posibilidad de redimirse de la soledad interior. El miedo, siempre, como compañía.

No sé si lo sabe, pero busca desesperadamente un bálsamo, que no existe, para curar su herida de años de odiarse a sí misma, de pensar que merece lo malo que le pasa, que no es digna de que nadie la quiera, si es que ella llegara a dejar que alguien se adentrara, alguna vez, en su interior. Donde cree que está el monstruo.

No sabe, aunque lo presiente en el fondo, que acabará cayendo en el vacío de su hueco interior, sin permitir que nadie lo conozca, ni que nadie encienda la luz que hace desaparecer todas las pesadillas.

Muda, asustada y frágil sin parecerlo (parapetada como está, detrás de la representación de sí misma), se dejará morir de soledad, antes de tender un puente que, está segura, es muy tarde para construir.

Pero sí sabe. Sabe que si extendiera la mano, quizá, (sólo quizá, seguramente quizá...), alguien podría ayudarla a saltar el vacío, y con el tiempo, quizá (solamente quizá, ojala que quizá...), ella misma pudiera rellenarlo.

Pero el miedo ancestral, el temor más antiguo, sobrevivir (al veneno de la flecha, al dolor de la flecha), no la deja moverse.